Julia Rodríguez
Madrid.- Vieja Tierra es un proyecto de divulgación que suma miles de seguidores y conecta patrimonio cultural y medioambiente. Todo empezó cuando Ernesto Montoya regresó tras la pandemia a Extremadura, su tierra natal, sin imaginar que acabaría creando una comunidad digital interesada por la historia, la arqueología y la naturaleza.
Una línea de trabajo que ahora también traslada a su nuevo libro, La muerte del Homo Sapiens, recientemente publicado. Un ensayo en el que explora la evolución de los ritos funerarios a lo largo de la historia y cómo distintas culturas han intentado dar sentido a la muerte, combinando divulgación histórica con una reflexión personal que nace de una experiencia de su infancia.
Montoya, divulgador y creador de contenido, ha defendido que la separación entre disciplinas es artificial y que comprender el presente exige mirar simultáneamente a la historia humana y al entorno natural.
Del patrimonio rural a la divulgación ambiental
Vieja Tierra nació en 2021 con el objetivo inicial de dar a conocer el patrimonio etnográfico y arqueólogo de Extremadura. Sin embargo, el proyecto evolucionó pronto hacia una mirada más amplia que incorpora también biodiversidad, agricultura, conservación y paisaje.
Según Montoya, la iniciativa surgió como respuesta a la imagen estereotipada que con frecuencia pesa sobre el mundo rural: «A menudo se nos mira como si estos territorios fueran lugares atrasados o condenados a desaparecer».
Frente a esa visión, ha revindicado la riqueza histórica, cultural y natural de estos espacios y considera que el conocimiento es una herramienta esencial para combatir fenómenos como la despoblación y la desconexión con el territorio.
Un mismo relato
Para Montoya, arqueología, historia y medioambiente forman parte de una misma narrativa.
Recuerda una experiencia durante una visita al castillo de Monfragüe, cuando observó unos nidos de golondrina dáurica bajo una de las torres. Aquella imagen le hizo reflexionar sobre tendencia a fragmentar el conocimiento en disciplinas independientes.
«La realidad no entiende de comportamientos estancos» ha explicado.
Desde su perspectiva, fenómenos naturales como los ciclos de los ríos, las seguías o las migraciones de aves han condicionado la evolución de las sociedades humanas durante milenios. Del mismo modo, los paisajes actuales son el resultado de una larga interacción entre naturaleza y actividad humana.
La dehesa extremeña constituye uno de los ejemplos que utiliza para ilustrar esta idea. Aunque muchas personas la perciben como un ecosistema natural, recuerda que se trata de un agrosistema modelado durante siglos por la acción humana.
Aprender del pasado para afrontar el futuro
Montoya ha considerado que la arqueología aporta una herramienta fundamental para entender los desafíos ambientales contemporáneos: la perspectiva histórica.
A través del estudio de civilizaciones antiguas es posible observar cómo las sociedades reaccionaron ante fenómenos como sequías prolongadas, cambios climáticos o transformaciones del paisaje.
«El pasado nos ayuda a afrontar con mayor conocimiento desafíos tan actuales como el cambio climático», ha sostenido.
Como ejemplo, ha citado el colapso de diversas potencias del Mediterráneo oriental al final de la Edad de Bronce, un proceso en el que los investigadores identifican una combinación de factores políticos, económicos y ambientales.
Divulgar en la era de los algoritmos
La expansión de las redes sociales ha abierto nuevas oportunidades para acercar conocimiento al gran público, pero también plantea retos relacionados con la desinformación y la simplificación excesiva de los contenidos.
Ante este escenario, Montoya ha apostado por la documentación rigurosa y la colaboración con especialistas.
«Una de las mejores formas de divulgar es escuchar a quienes realmente saben» ha afirmado.
Reconoce que elaborar contenidos fiables requiere tiempo para leer, contrastar fuentes y verificar datos, pero considera que la credibilidad se construye precisamente a través de ese esfuerzo y de la honestidad intelectual.
«La confianza se basa en reconocer lo que sabes, lo que no sabes y estar dispuesto a rectificar cuando es necesario», ha añadido.
La curiosidad como motor
Uno de los principales desafío de la divulgación digital consiste en condensar conceptos complejos en vídeos de apenas unos segundos.
Montoya ha asegurado que no pretende convertir a sus seguidores en expertos, sino despertar su interés por determinados temas y ofrecerles herramientas para seguir investigando.
«Mis vídeos buscan entender de forma consciente», ha añadido.
Por ello, suele dejar fuera los debates académicos más especializados y priorizar el contexto, explicando qué es aquello que aparece en pantalla y por qué resulta relevante.
A su juicio, uno de los errores más frecuentes en la divulgación en redes es la tendencia a reducir problemas complejos a explicaciones simples.
«Las redes favorecen los mensajes rápidos y contundentes, pero la realidad rara vez funciona así», ha advertido.
Conectar con nuevas generaciones
Aunque la mayoría parte de su audiencia se sitúa entre los 30 y 65 años, Montoya ha rechazado la idea de que los jóvenes hayan perdido el interés por el conocimiento.
Considera que el reto está en competir con un entorno saturado de estímulos y conseguir que la audiencia encuentre vínculos entre los contenidos divulgativos y su propia vida.
«Cuando consigues que alguien vea la conexión entre su realidad cotidiana y un paisaje, una especie o un yacimiento arqueológico, aparece la curiosidad», ha señalado.
Y, una vez despierta esa curiosidad, la edad deja de ser un factor determinante.
Un legado de curiosidad
Más allá de las métricas o los algoritmos, Montoya ha confesado que le gustaría que sus vídeos fueran recordados por la pasión que transmiten.
Inspirado por los documentales de Félix Rodríguez de la Fuente, espera que dentro de unas décadas pueda percibir en sus contenidos la misma fascinación por el mundo natural y cultural.
«Me gustaría que entendieran que todavía existían personas capaces de emocionarse observando un buitre leonado, una planta silvestre, una pintura rupestre o una vieja canción popular», ha concluido.
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