Madrid.- La apertura progresiva de la ruta ártica se está consolidando como uno de los cambios más significativos en el transporte marítimo internacional, impulsada por el deshielo y por el interés de potencias como Rusia y China en acortar las conexiones entre Asia y Europa. Sin embargo, junto a las promesas de reducir distancias y tiempos de tránsito, crecen también las alertas sobre el impacto ambiental de una mayor actividad humana en uno de los ecosistemas más frágiles del planeta.
La Ruta Marítima del Norte, que bordea la costa septentrional rusa, ha pasado en los últimos años de ser una vía esporádica y fuertemente condicionada por el hielo a convertirse en un corredor cada vez más presente en los planes logísticos y geopolíticos de varios países. Este verano, la naviera china Sea Legend ha puesto en marcha un servicio semanal estacional entre China y Europa a través del Ártico ruso, con ocho salidas programadas entre agosto y octubre. La compañía sostiene que el trayecto puede completarse en unos 20 a 22 días, frente a los alrededor de 40 que requiere la ruta tradicional por el canal de Suez.
El nuevo servicio transporta baterías, equipos de almacenamiento energético y componentes fotovoltaicos. Los dos primeros viajes de la temporada, según la empresa, estaban completos. La apuesta consiste en aceptar fletes más elevados a cambio de ganar tiempo y reducir el capital inmovilizado en mercancías. Pero esta aceleración comercial coincide con un hecho que preocupa a científicos y organizaciones ecologistas: la navegación ártica depende precisamente del retroceso del hielo provocado por el calentamiento global.
Un corredor abierto por el deshielo
La apertura de estas rutas está directamente vinculada a la reducción de la banquisa ártica. Ya en 2010 y 2011 se informaba de que el adelgazamiento y retroceso del hielo permitían reabrir o regular por primera vez tránsitos comerciales con ayuda de rompehielos. En 2011, la Agencia Espacial Europea advirtió de que el avanzado deshielo había abierto dos rutas navegables, el Pasaje del Noroeste y la Ruta del Mar del Norte, algo que solo había ocurrido en contadas ocasiones desde que existen observaciones por satélite.
Ese mismo proceso se ha intensificado. Una investigación difundida en 2025 señalaba que el hielo marino del Ártico desaparece a una velocidad de más del 12 % por década y recordaba que septiembre de 2024 dejó uno de los mínimos más bajos registrados desde 1978. El propio desarrollo comercial actual se apoya en esa nueva realidad física: más semanas sin hielo o con hielo más manejable, aunque todavía dentro de una ventana estacional y con fuerte dependencia de las condiciones meteorológicas.
Presión sobre un entorno frágil
El principal riesgo medioambiental es el aumento de la contaminación en un ecosistema extremadamente vulnerable. Ya en 2010, el secretario de Estado para Asuntos Exteriores de Noruega advertía de que la apertura de nuevas rutas elevaría “muchísimo” el tráfico de grandes buques y con ello crecería el riesgo de accidentes y de contaminación para el entorno.
Ese riesgo se vuelve más preocupante por la naturaleza remota del Ártico: la Organización Marítima Internacional subraya que la ubicación remota de las aguas polares dificulta y encarece las operaciones de rescate y limpieza de vertidos. Es decir, no solo aumenta la posibilidad de incidentes al crecer el tráfico, sino que además responder a una emergencia en esa región resulta mucho más complejo que en otros corredores marítimos.
También destaca el problema del carbono negro emitido por los buques. WWF alertó recientemente que esas partículas pueden depositarse sobre la nieve y el hielo, oscurecer su superficie y acelerar el deshielo. De este modo, la ruta se beneficia del calentamiento y al mismo tiempo contribuye a agravarlo localmente, reforzando un círculo de retroalimentación especialmente delicado.
El Océano Antártico absorbe la mayor parte del calor del planeta
Derrames, combustibles y biodiversidad
Otra de las grandes preocupaciones es la posibilidad de vertidos. En 2014, a raíz del transporte de combustibles fósiles por la ruta ártica, Greenpeace sostuvo que operar buques cargados con ese tipo de carga en el “frágil y remoto Ártico” es intrínsecamente arriesgado y mostró su preocupación por los “catastróficos impactos de un derrame inevitable en el ecosistema”. En 2013, la misma organización ya advertía de que cualquier derrame asociado a prospecciones o transporte de hidrocarburos podría tener consecuencias irreversibles para toda la región.
La preocupación no se limita a los accidentes. En 2024, con motivo de la entrada en vigor de la prohibición del fueloil en aguas del Ártico, EFE recogía la opinión de expertos que consideran ese combustible especialmente dañino porque “destroza la biodiversidad y la vida de los pueblos indígenas que dependen de esos ecosistemas”. También advertían de que sus emisiones intensifican el calentamiento global y agravan los efectos sobre el hielo.
La biodiversidad marina también aparece como uno de los frentes más sensibles: el aumento de barcos en zonas antes cubiertas por hielo pone en peligro a mamíferos marinos como el narval, la ballena beluga, la ballena de Groenlandia y algunas poblaciones de morsas, al coincidir las rutas de navegación con sus áreas de paso o hábitat.
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Negocio, estrategia y límites
Frente a estas alertas, Rusia y China siguen impulsando la ruta como alternativa al canal de Suez. Moscú lleva años desarrollando legislación, puertos, rompehielos y centros de salvamento para reforzar su control del corredor. Pekín, por su parte, ha pasado de viajes piloto a una operativa con calendario fijo. Pero incluso desde el punto de vista comercial persisten dudas: la ruta sigue siendo estacional, el hielo obliga a modificar recorridos y el tránsito depende de autorización rusa y, en algunos casos, del apoyo de rompehielos.
En ese contexto, la apertura de la ruta ártica no puede entenderse solo como un avance logístico, se trata también de la expansión de la actividad industrial y marítima sobre una región que cambia con rapidez por el calentamiento global y cuya capacidad de respuesta ante accidentes es limitada.
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