Julia Rodríguez
Madrid.- El aumento de las olas de calor ha puesto en primer plano un concepto muy poco conocido: la temperatura de bulbo húmedo, un indicador que combina calor y humedad y que permite estimar con mayor precisión el estrés térmico que sufre el cuerpo humano.
Según la meteoróloga Mar Gómez, este parámetro se obtiene a partir de un termómetro envuelto en un paño húmedo. Al evaporarse el agua, el dispositivo se enfría, reproduciendo el mismo mecanismo que utiliza el cuerpo humano al sudar. «Lo importante es que el bulbo húmedo nos ayuda a estimar cómo se comportaría nuestro cuerpo si estuviera sudando constantemente», ha explicado.
Gómez señala que esta temperatura suele ser inferior a la del termómetro convencional, la llamada temperatura de bulbo seco, y que solo en condiciones de humedad del 100% ambas pueden igualarse. Su relevancia es que, permite aproximarse mejor al riesgo real para la salud.
La humedad, clave en el riesgo para la salud
Uno de los puntos críticos de este indicador es que muestra cómo la humedad puede agravar el impacto del calor. «Con calor seco, el sudor se evapora mejor y el cuerpo puede enfriarse con más eficacia. Pero cuando la humedad es muy alta, esa evaporación se dificulta», ha advertido Gómez.
En este contexto, una temperatura que puede parecer asumible en un termómetro puede convertirse en peligrosa si se combina con altos niveles de humedad, ya que el organismo pierde capacidad para regular su temperatura interna.
La meteoróloga ha recordado que los estudios sitúan en torno a los 35ºC de bulbo húmedo, el límite fisiológico humano. A partir de ese umbral, el cuerpo deja de ser capaz de disipar el calor de forma eficiente, incluso en reposo y a la sombra, lo que puede derivar en procesos de hipertermia potencialmente mortales.
No todo es la temperatura que marca el termómetro
Gómez ha insistido en que la percepción social del calor sigue siendo incompleta. «Estamos muy acostumbrados a hablar de la temperatura máxima, pero no tanto de la combinación entre calor y humedad», ha señalado, al tiempo que ha advertido de que el riesgo no depende solo del mercurio, sino de múltiples factores como la edad, la salud o las condiciones urbanas.
En España, aunque no se alcanzan habitualmente los niveles extremos registrados en regiones del Golfo Pérsico o el sur de Asia, si pueden darse episodios preocupantes cuando coinciden altas temperaturas, humedad elevada y falta de ventilación, especialmente en zonas costeras y urbanas.
Una herramienta para la adaptación climática
Desde el punto de vista meteorológico, la experta ha considerado que el bulbo húmedo debería integrarse con mayor peso en los sistemas de alerta. «Incorporar indicadores como la humedad, la duración del episodio o la temperatura nocturna permitiría evaluar mejor el riesgo real para la salud», ha apuntado.
Greenpeace: el calor también es una cuestión política
Más allá del enfoque meteorológico, la responsable de adaptación al cambio climático de Greenpeace, Elvira Jiménez, ha subrayado que el aumento del calor extremo también debe abordarse desde la acción institucional.
Jiménez ha explicado que su organización trabaja tanto en mitigación como en adaptación al cambio climático, analizando políticas públicas y medidas frente a episodios extremos cada vez más frecuentes.
Según Jiménez, el riesgo del calor no se distribuye de forma equitativa. «Hay factores de vulnerabilidad sociales y económicos que determinan quién sufre más el calor», ha señalado, citando la edad, las condiciones de salud, el tipo de vivienda o la exposición laboral.
El pasado mayo fue el segundo más caluroso desde que hay registros, según Copernicus
La experta ha advertido de que el diseño de las ciencias y las políticas públicas son determinantes para reducir el impacto del calor extremo. En este sentido, ha insistido en la necesidad de identificar no solo las zonas más calientes, sino también aquellas donde se concentra población más vulnerable.
Refugios climáticos y desigualdad urbana
Jiménez ha puesto el foco en los llamados «refugios climáticos», espacios públicos o privados habilitados para ofrecer condiciones térmicas segura durante episodios de calor extremos. Aunque valora su expansión en algunas ciudades, ha advertido que aún existen importantes desigualdades territoriales y problemas de acceso.
«Se trata de espacios gratuitos, accesible e inclusivos, que pueden ser bibliotecas, centros cívicos o incluso comercios de barrio», ha explicado. Sin embargo, alerta de que su eficacia depende de factores como los horarios, la ubicación o la disponibilidad real.
La responsable de Greenpeace también ha subrayado que estas medidas deben ir acompañadas de transformaciones estructurales en el urbanismo, como la creación de zonas verdes, sombras y la adaptación de viviendas, especialmente en barrios más vulnerables.
Una cuestión de salud pública
Para Jiménez, el aumento de episodios de calor extremos debe abordarse como una cuestión de salud pública. «La protección frente al calor tiene que ser tan básica como el alcantarillado o la electricidad» ha afirmado.
La experta ha concluido que la adaptación climática no puede depender únicamente de la responsabilidad individual, sino que requiere políticas públicas coordinadas entre administraciones, desde el ámbito estatal hasta el municipal, para proteger a la población más expuesta. EFE Verde
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