Madrid, 14 nov (EFE).- Además de graves consecuencias sociales y políticas, la dana de Valencia ha traído consigo un gran número de bulos y desinformaciones que dificultan la labor de las instituciones, voluntarios y afectados para superar este desastre climático.
Esta proliferación de bulos y desinformación tiende a agravar la situación y frenar los planes de prevención y actuación, por lo que es fundamental contar con información veraz y contrastada para salvar vidas y establecer un plan de acción de cara al presente y al futuro.
Bulos tras la dana
Una de las teoría más repetidas tras el desastre es que la demolición de presas, embalses y azudes es responsable de la catástrofe.
Si embargo, la construcción de infraestructuras de canalización hídrica como presas, embalses o azudes puede ayudar a combatir las inundaciones, aunque también es cierto que las estructuras deben encontrarse en buenas condiciones para no representar un peligro mayor al medioambiente y a la sociedad.
De acuerdo a la plataforma Dam Removal Europe, España ha destruido un total de 634 presas y azudes desde el año 2005 como parte de la Estratégia Nacional de Restauració de Ríos (ENRR) . Según esta oganización, el derribo de estas presas y azudes solo se produce cuando dejan de ser utilizadas y su eliminación supone claros beneficios ecológicos y sociales.
A través de la demolición de infraestructuras hídricas, “se facilita la migraciones de ciertas especies, se purifica el agua y se limpia de sedimentos que reducen su calidad, se crean nuevos puestos de trabajo y oportunidades de negocio, así como se evitan inundaciones, colapsos y desbordamientos” expone la asociación.
Por otro lado, también se ha asegurado que las inundaciones no son algo nuevo ni están agravados por el cambio climático. Por contra, las inundaciones, el fenómeno natural que a más personas afecta en todo el mundo, tienden a incrementar su peligrosidad y frecuencia como consecuencia del cambio climático.
De acuerdo al estudio » Inequitable patterns of US flood risk in the Anthropocene» del año 2022, los gastos ocasionados por las inundaciones en el año 2050 habrán aumentado en 11.000 millones de dólares, un incremento estrechamente relacionado con ciertas consecuencias del cambio climático como «cambios en las precipitaciones o aumento de la temperatura global», asegura la asociación World Wildlife Fund.
La incidencia del cambio climático no esta únicamente relacionada con las inundaciones, sino que representan un riesgo del aumento de muchos otros desastres naturales, especialmente en incendios, huracanes y tornados, avisa la organización.
Regresando al caso concreto de la dana, las fuertes corrientes de la inundación de Valencia arrastraron grandes cantidades de sedimentos y vegetación, que aumentaron el poder destructivo de la tromba de agua. Con ello, se empezó a teorizar que es necesario talar árboles cercanos a zonas inundables para evitar agravar la situación.
Sin embargo, la plantación de árboles no solo no empeoran las consecuencias en caso de inundación, sino que mejoran la respuesta natural hacia este tipo de catástrofes, reduciendo la fuerza del agua y absorbiendo parte de la lluvia.
Según Greenpeace, la presencia de árboles y otro tipo de vegetación «evita la erosión durante temporales climáticos adversos, frenan la velocidad de la corriente y reduce las probabilidades de inundaciones y desprendimientos en zonas afectadas por la lluvia».
La organización recuerda que, para conseguir buenos resultados, debe evitarse mantener ejemplares débiles o muertos que puedan ser arrastrados por la corriente, empeorando la situación e incidiendo negativamente sobre el suelo y la población local.
Negacionistas climáticos
El negacionismo va mucho más allá de la dana. Muchas personas aseguran que el ser humano no tiene una incidencia directa en el cambio climático, e incluso algunos defienden que no existe el cambio climático.
Distintas instituciones como la NASA, la Organización de las Naciones Unidas o la Comisión europea coinciden en que procesos de industrialización masivos, la democratización del consumo y el aumento de la población mundial son responsables del cambio climático.
Desde el año 1850, la concentración de dióxido de carbono en el aire ha aumentado un 48%. Este dato se comprende mejor cuando aclaramos que para llegar a los niveles previos preindustriales el planeta tardó 20.000 años.
Estos niveles de CO2 y otros gases en el aire producen un calentamiento global cada vez más drástico, siendo el mes de julio de 2019 el mes más caluroso, con un 1,1º por encima a nivel global desde que se comenzó a registrar la temperatura, hace 142 años.
Junto al aire, el suelo y el agua también sufren las consecuencias de la explotación indiscriminada de recursos. Cada año, cerca de 12 millones de hectáreas de tierra se pierden como consecuencia de la degradación, afectando a las poblaciones locales, reduciendo la capacidad de subsistencia y aumentando la dependencia de cientos de miles de personas para su supervivencia.
Otro bulo medioambiental muy extendido es conocido como «chemtrails». Algunas personas creen que los aviones comerciales son utilizados por grupos e instituciones como herramienta para controlar el clima u otros eventos atmosféricos a través del uso de diferentes compuestos químicos, que se liberan dejando una estela a su paso.
Este bulo tiene su origen en una teoría surgida en Estados Unidos en el año 1996 tras publicar la Fuerza Aérea de EEUU un informe acerca de la modificación del clima, pero no ha sido hasta la aparición de Internet que esta teoría ha cobrado fuerza a nivel internacional.
En la actualidad, muchas personas acusan a través de redes sociales a varios gobiernos de Europa y América de “fumigar” el planeta con la intención de afectar a la agricultura, a la temperatura global o sencillamente para cambiar el clima.
En el año 2016, la revista científica Environmental Reseach Letters publicó un estudio en el que participó un grupo de 77 científicos de distintas áreas, escogidos para estudiar el fenómeno de los chemtrails y su factibilidad.
De acuerdo a los resultados, 76 de los 77 profesionales concluyeron que no existía ni un solo indicio sobre el uso de potentes químicos durante los viajes aéreos, y aseguraron que muchos de lo que se consideraban pruebas, como el tiempo que duran las estelas en el aire, “podían ser explicados a través de otros factores, incluidos aspectos físicos y químicos ya conocidos de la aviación”.
Las estelas que dibujan los aviones durante sus recorridos se encuentran formadas por vapor de agua, asegura la escuela de aviadores internacional OneAir.
Según la empresa, la temperatura exterior de la cabina mientras viajan a una altitud media de 10.000 metros puede descender hasta los -55Cº lo que, combinado con el vapor de agua “resultado de la combustión interna de los motores”, dejan una estela blanca. EFEverde






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