Así lo destaca una investigación de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) publicada en la revista científica Calidad del Aire, Atmósfera y Salud, editada en inglés en Suiza.
[box type=»shadow» ]El estudio fue realizado durante 104 días en la calle Jiménez de la Espada de la ciudad portuaria murciana y muestra el «peligro» para la salud que suponen las partículas que generan estas maquinas.[/box]
Pueden entrar a las vías respiratorias, afectar al funcionamiento de los pulmones y al proceso digestivo de los alimentos, comida que además se ve afectada también si está expuesta para su venta al exterior.
La onda de polvo que levantan pueden durar entre dos y cuatro minutos, lo que puede afectar a los bronquiolos y al intercambio de gases en los pulmones.
Según uno de los investigadores, José María Moreno, «un minuto antes de que pasen ya se aprecia el incremento de partículas en suspensión y no se vuelve a la normalidad hasta dos minutos después de su paso».
[box type=»shadow» ]El polvo que las máquinas remueven a velocidades de hasta 200 kilómetros por hora incluye compuestos cancerígenos como los hidrocarburos aromáticos policíclicos generados por la combustión de los vehículos.[/box]
Moreno considera «una insensatez levantar el polvo del suelo, que debería aspirarse directamente».
En el articulo, que firman también la exalumna Raquel Revuelta y investigadores de la UPCT Isabel Costa, Daniel Bañón y Belén Elvira, destacan también la contaminación acústica de las máquinas y la de gases por su combustible.
«Las zonas de bajas emisiones que las ciudades de más de 50.000 habitantes están obligadas a instaurar deberían comenzar con la prohibición del uso de estos aparatos», sostiene Moreno, quien destaca que son «sus trabajadores quienes están más expuestos a sus nocivos efectos».
«Están continuamente dentro de la onda de polvo y rara vez utilizan mascarillas adecuadas para evitar inhalar las partículas contaminantes», concluye. EFEverde




