León.- El futuro climático también juega bajo nuestros pies, incluso en el corazón de las ciudades. Esta es la principal evidencia de peso que pone sobre la mesa un nuevo estudio, liderado por equipos del CSIC y universidades españolas, portuguesas y suizas, que ha concluido que los espacios verdes urbanos —desde parques y glorietas hasta campos de golf y huertos comunitarios— almacenan en su capa superior de suelo una cantidad de carbono orgánico comparable a la de los ecosistemas naturales cercanos.
La investigación, publicada en Plant and Soil y recogida por EFE, se ha desarrollado en 27 ciudades españolas y que ha analizado 133 espacios distintos, aporta la evaluación más exhaustiva realizada hasta la fecha sobre el contenido de carbono orgánico del suelo (SOC) en entornos urbanos y los factores que lo condicionan.
En ella participan, entre otros, las investigadoras e investigadores Leonor Calvo, Enrique García de la Riva e Iván Prieto, del área de Ecología de la Universidad de León (ULe), reforzando el sello leonés de un trabajo de relevancia internacional.
El artículo concluye que, pese a la enorme diversidad de tipologías y manejos presentes en zonas verdes urbanas, la densidad de carbono orgánico en los primeros diez centímetros de suelo es prácticamente equivalente a la de los ecosistemas naturales utilizados como referencia.
En términos globales, los autores destacan que estos espacios almacenan una mediana de 2,26 kg de carbono por metro cuadrado, muy similar a los 2,42 kg/m² de los entornos naturales cercanos.
Un pilar fundamental para la mitigación
Este hallazgo resulta especialmente relevante porque el carbono del suelo constituye un pilar fundamental para la mitigación del cambio climático. Tradicionalmente, los estudios sobre almacenamiento de carbono se han centrado en bosques, pastizales o humedales, relegando a las áreas urbanas a un segundo plano.
Sin embargo, según subraya el artículo, las ciudades representan uno de los usos del suelo de expansión más rápida y albergan un elevado potencial de almacenamiento de carbono, siempre que los suelos no estén sellados.
El trabajo distingue entre dos fracciones clave del carbono edáfico: el carbono particulado (POC), más sensible a la gestión y al clima, y el carbono asociado a minerales (MAOC), de mayor estabilidad y persistencia.
Parques inundables, suelos drenantes o escudos verdes para unas ciudades más resilientes
Los resultados muestran que el MAOC domina ampliamente en todos los casos y que ambos tipos de carbono disminuyen a medida que aumenta la temperatura media anual de la ciudad.
Actuar frente al efecto isla de calor
Esta relación —ya documentada en ecosistemas naturales— se reproduce también en los urbanos: las ciudades más frías presentan mayores densidades de carbono en el suelo, lo que según los autores refuerza la necesidad de políticas de adaptación urbana ante el calentamiento global, especialmente por el efecto isla de calor que intensifica las temperaturas en los núcleos urbanos.
Aunque la densidad total de carbono es comparable entre tipos de espacios verdes, sí existen diferencias en las fracciones del carbono orgánico. Así, los campos de golf y los huertos urbanos muestran valores de carbono particulado similares a los de los ecosistemas naturales, posiblemente por la intensidad de su manejo —fertilización, riego y adición de materia orgánica— que incrementa las entradas de carbono.
Por el contrario, los parques urbanos y las glorietas presentan valores de POC entre un 45% y un 60% menores que los naturales, pese a compartir clima y suelo. Esto sugiere, según los autores, que la prioridad estética, las frecuentes labores de mantenimiento y la fragmentación espacial influyen en la capacidad de acumular carbono.
El estudio demuestra además que los mecanismos de estabilización del carbono del suelo son similares en entornos urbanos y naturales, lo que refuerza la idea de que las ciudades pueden desempeñar un papel significativo en la mitigación climática si las zonas verdes se gestionan con criterios ecológicos.
Los investigadores subrayan que proteger y mejorar la calidad del suelo urbano —a través de prácticas como el aumento de la cobertura vegetal, la aplicación de compost o la reducción de la compactación— puede convertir a los parques y jardines en verdaderos sumideros de carbono. EFE




