Juan José Díez Góez
Santiago de Chile.- Bajo el agua de la Patagonia chilena hay bosques de algas de hasta ochenta metros que la pesca artesanal decidió proteger antes de que fuera tarde. En Magallanes, una veda los resguarda y una revisión científica agrupó por primera vez lo que se sabe sobre ellos.
Décadas de investigación dispersa sobre los bosques de huiro (algas de kelp) fueron reunidas en un proyecto liderado por el Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC), en conjunto con el Instituto Milenio BASE, la Universidad de Chile y la de Magallanes.
Revisaron 102 artículos sobre esa especie en la región subantártica de Magallanes y registraron al menos 535 grupos de organismos en ese ecosistema.
«Le decimos bosque por una razón», explicó a EFE Jaime Ojeda, académico que lideró la investigación y que define los bosques de huiro como «un sistema en sí mismo, que provee alimento y resguardo para especies de pequeño tamaño que en sus estadios más tempranos van a estos lugares».
«Son como guarderías bajo el agua», concluye.
La protección viene desde abajo
Varias de las especies que habitan estos bosques sostienen a la pesca artesanal: la centolla juvenil se refugia en la base del alga, el calamar patagónico deposita sus huevos en las frondas y el erizo se alimenta de sus restos.
Esto motivó a los pescadores de Magallanes, a través del Comité de Crustáceos de la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura -entidad estatal de consulta y participación-, a promover una prohibición extractiva del huiro en la región que está vigente hasta 2034.
«La pesca artesanal y las poblaciones locales tienen vivencias propias y ellos saben mejor que nosotros los efectos que estos bosques tienen en especies que comemos o que vendemos», explicó a EFE Andrés Mansilla, coautor de la investigación y director del Laboratorio de Ecosistemas Marinos Antárticos y Subantárticos (LEMAS) de la Universidad de Magallanes.
Mansilla explica que, a pesar de la presión del sector privado por extraer las algas, «los pescadores artesanales que han hecho su vida en el mar austral saben que tocar el huiro va a afectar su vida, la de sus familias, pero también vas a impactar la economía regional».
Una Amazonía bajo el agua
«Piensa que abres la ventana de tu casa, que está bajo el agua, y ves un bosque interminable desde Chiloé hasta el mar de Drake, con árboles de entre dos y ochenta metros», propone Mansilla.
Para dimensionar, esa distancia entre la región del sur de Chile hasta el paso bioceánico que conecta con la Antártica suma más de 1.700 kilómetros, mucho más de la que hay entre Madrid y Ámsterdam.
Los bosques de algas de esta región se diferencian a los demás de su tipo porque la corriente del Cabo de Hornos los mantiene presentes todo el año, detalla Mansilla, mientras que en el hemisferio norte y en otras latitudes del sur son anuales y casi desaparecen para durante el invierno. Esa permanencia explica que alberguen muchos más organismos.
«Darwin cuando estuvo en la Patagonia, en el canal Beagle, ya había hecho en su diario de navegación esta analogía: los bosques submarinos del Cabo de Hornos son como los bosques subtropicales terrestres de la Amazonía», complementa el investigador Ojeda.
Mansilla agrega que la comparación va más allá del paisaje y que los bosques de algas son la base del flujo de carbono de estos ecosistemas: «pasa a las conchas de los ostiones, al caparazón de la centolla y del erizo, a las estrellas de mar. No está quieto: va circulando».
La estrategia más eficaz para la biodiversidad en la Amazonía: proteger el bosque existente
A tiempo de preservar
En el hemisferio norte y en lugares del sur como Tasmania (Australia) el debate pasa por la restauración, allí ya es muy tarde para hablar de preservación como ocurre en Magallanes. En esas zonas los bosques fueron sobreexplotados por la industria de los geles de algas que se usan para cosmética, alimentos y pastas de dientes, un problema que -añade Ojeda- también ha sufrido el norte de Chile.
Los investigadores coinciden en que el camino restante para proteger los bosques de algas en la Patagonia chilena es pasar de la protección por vía de un decreto, temporal y frágil, a una ley que incluya distintos actores en la conversación: comunidades locales, pescadores y pueblos originarios que tienen un vínculo histórico con el alga poco explorado desde la ciencia.
«Los bosques de huiro no sirven solamente a los magallánicos, le sirven a todo el planeta», resume Mansilla. EFE
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