Se trata del último proyecto de la planta de procesamiento puesta en marcha gracias a la iniciativa de la propia comunidad para conseguir cerrar el ciclo de la economía circular a través de la recogida de todos los desechos que se producen en uno de los destinos turísticos más importantes del país centroamericano.

Obando explica que esta planta es capaz de gestionar hasta 45 toneladas de basura por mes, de las cuales un 65 % -cartón, vidrio, plástico, aluminio o chatarra- ya está siendo reciclada y otro 30 % podría serlo si se regulariza la fabricación y venta de estos bloques, que incluyen cantidades medidas de basura y cerámica molidas y compactadas, además de otros ingredientes como el imprescindible cemento.
Estos peculiares ladrillos, que permitirán a Tortuguero acercarse a un proceso completo de economía circular, han superado las pruebas de resistencia a los que fueron sometidos en la universidad costarricense y, con su fabricación, «podremos conseguir los recursos necesarios» para construir el alcantarillado en la zona.
«Cuando comenzamos a trabajar en estos servicios básicos, aquí no había ni agua potable, ni planta procesadora, ni alcantarillado», precisa Obando, «y ahora, gracias a la comunidad, ya tenemos los dos primeros elementos y esperamos no tardar mucho en disponer del tercero».
El espectáculo de las tortugas
Este líder comunitario sabe que el turismo del Parque Nacional de Tortuguero ha sido el revulsivo necesario para la prosperidad de la zona, aunque también es consciente de la necesidad de gestionarlo de la manera adecuada, puesto que «aquí viven unas 3.500 personas, pero existe una población flotante de hasta 200.000 turistas anuales».

La mayoría de ellos acude para contemplar el espectáculo que supone el ajetreo de las grandes tortugas -especialmente la Chelonia mydas, que puede pesar hasta 150 kilos-, sobre todo durante su temporada de desove entre julio y octubre.
Los habitantes de la zona han comprendido la importancia que estos animales poseen, no ya desde el punto de vista ecológico sino también para mantener los ingresos que supone la llegada de turistas y hoy está en vigor una estricta regulación a la hora de proceder a su observación, que incluye el uso de luces infrarrojas y el número limitado de personas a la hora de asistir a sus desoves nocturnos.
Y es que la enorme biodiversidad de Costa Rica es la base de su éxito turístico, motivo por el cual intereses públicos y privados trabajan desde hace decenios para proteger la naturaleza y promover iniciativas relacionadas con el ecoturismo, en un país donde más del 25 % del territorio está oficialmente protegido y más del 50 % posee cobertura forestal.
En la selva
Entre las empresas que combinan la protección y la rentabilidad de la naturaleza figura Selva Bananito Ecolodge, un complejo turístico pionero en la zona de Caribe sur guiado por directrices ecológicas desde hace más de 20 años y al que se accede en un vehículo cuatro por cuatro atravesando una pista forestal y atravesando el río Bananito.
«Es un lugar muy especial, basado en la sostenibilidad», explica a Efeverde su impulsor, Jürgen Stein, de origen alemán y nacido en Colombia «pero costarricense de corazón cien por cien», en el que «desde el principio construimos aprovechando material descartado por la deforestación, madera desechada de la tala de árboles que se había desarrollado en la zona» durante los años anteriores.
Los encargados del mantenimiento de las instalaciones calientan el agua con energía solar, tratan los residuos con bacterias para reciclarlos de la mejor manera posible y separan los distintos tipos de basura, entre otras normas de funcionamiento.

Pese a ello, los alojamientos cuentan con «un alto estándar de calidad y todos los servicios», si bien está muy limitado el acceso a la energía eléctrica, al objeto de que los huéspedes «pueden despegarse un poco del teléfono, que dicta nuestro quehacer diario».
Se trata de aprender a «desconectar y, al mismo tiempo, reconectar pero esta vez con la Naturaleza».
Para ello, el lugar ofrece multitud de aventuras desde senderismo a observación de aves, pasando por rappel en cataratas, paseos a caballo o vuelos en autogiro, entre otras actividades, aunque el visitante puede, simplemente, tenderse en una hamaca para meditar frente a la selva.
Stein está convencido de que el turismo «no invasivo, diferente y sostenible nos proporcionará un futuro radiante» porque no sólo ayudará a «preservar los ecosistemas sino que permitirá legar una actividad económica rentable a las generaciones futuras». Efeverde.





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