Del mirar al contemplar. Por Joaquín Araujo

Importa que entendamos, con Fernando Pessoa, que “no vemos lo que vemos, vemos lo que somos”. Estoy de acuerdo y lo hacemos: miremos lo que miremos. Si estamos mirando el hervidero gris del cemento, aupado por la catástrofe negra del asfalto, somos eso. Es decir que somos feos, monótonos y uniformes. Si estamos mirando el venero de la fresca transparencia en la remota arruga de una montaña, igualmente somos eso. Es decir el renovado frescor que renueva la vida. Espejo, pues, es el mundo. Tanto el transformado y desvalijado, como el completo y bello. Tamaña propuesta es negada, incesantemente por los ojos, entre otras cosas porque se nos educó en la discriminación, en percibir tan solo una minúscula parte de lo mirado y por supuesto en considerarnos ajenos a lo mismo. Pero es que, al mismo tiempo, nos miramos demasiado en el otro espejo, en el de la madrastra de Blancanieves, en el del narcisismo. Miramos demasiado a lo humano e individual como el motivo de mayor interés. Tanto que se hace exclusivo, acapara, convierte al mundo en nuestra propia y sola imagen. Esto deja fuera a la inmensa mayor parte que así es condenado a la fealdad creciente. Lo que sería imposible si aceptáramos la propuesta del gran poeta portugués.

Contemplar el mundo

Virgilio en sus Geórgicas, mantiene como propósito esencial de lo humano el “contemplar al mundo con el alma serena”. Se le olvidaba que en realidad eso es imposible sin el predicado, sin que intercambiemos, y a eso se le llama reciprocidad, la voz verbal y el sujeto por el predicado y viceversa. Porque nada serena más que la contemplación. Nada tan oportuno como ser parte del espectáculo o que el paisaje te contemple a ti. Viajar, en suma, en voz pasiva. Que el derredor se convierta en tu interior, que me parece, por cierto, la mejor aproximación a lo que supone contemplar.

Devorando paisajes

El oleaje rompe sobre el faro de la isla de Mouro, en la capital cántabra. EFE/Esteban Cobo
El oleaje rompe sobre el faro de la isla de Mouro, en la capital cántabra. EFE/Esteban Cobo

La mirada, es más, puede tener su memoria propia. A veces tengo la impresión, ya que soy devorador de paisajes ya que éstos devoran mis ojos, que es lo que más acrecienta mi placer de contemplar, y compruebo que ella, mi mirada, a veces se me escapa, libre e independiente en pos de viejos y renovados placeres. Que se dedican, por ejemplo, a acariciar la arboleda, al susurro de la transparencia, a la levedad del manantial, al suave aleteo de las aves pequeñas. Miran hasta que el horizonte se convierte en mi pensamiento. Y entonces comprendo que han inaugurado el mundo. Y contemplar se convierte en el estreno de la verdad y por supuesto en el más feliz encuentro con el sosiego. Porque ese contemplar el mundo con alma serena que te regala el mundo no degradado es la mayor fuente de inocencias conocida. Y así el origen se hace destino y el destino ya no es la destrucción de lo mirado sino su conservación, lo más completa posible, para que, como primer escalón de la cultura ecológica, veamos lo mejor y no lo peor que somos.

GRACIAS Y QUE LA VIDA OS ATALANTE.

Joquín Araujo

Vista general de los montes de Sotomayor, en 2007, un año después de los incendios forestales que asolaron la región de Galicia.

 

(*) Joaquín Araújo

Naturalista, escritor, divulgador medioambiental