Madrid.- El cultivo del lúpulo en León, concentrado principalmente en la Ribera del Órbigo, afronta el reto de adaptarse a un escenario climático cada vez más irregular, marcado por sequía, temperaturas extremas y cambios en el régimen de precipitaciones, según ha explicado el director general de Hopsteiner, José Antonio Magadán.
Conocer el recorrido de la cerveza desde el campo hasta la mesa es el objetivo del zitoturismo, una iniciativa impulsada por Cerveceros de España que busca poner en valor los territorios, cultivos y personas que hay detrás de esta bebida.
Una de sus paradas es León, donde el lúpulo se convierte en protagonista y permite acercarse también a los retos ambientales que afronta la agricultura. Esta iniciativa pretende mostrar que detrás de cada elaboración existen también agricultores, paisajes, investigación y desarrollo rural.
El lúpulo es un cultivo de regadío cuyo ciclo se extiende aproximadamente entre marzo y septiembre. En León, el riego tradicional se realiza principalmente por inundación, aunque el riego por goteo se está extendiendo porque permite controlar mejor las cantidades de agua y ayuda a reducir problemas de enfermedades.
Magadán ha señalado que el agua constituye uno de los principales condicionantes para el futuro del cultivo y que las plantaciones leonesas dependen de los embalses de Luna y Villameca.
«Al ser un cultivo de regadío necesita agua, si no hay agua, hay un problema», ha señalado Magadán, quien ha explicado que controla semanalmente el estado de los embalses para anticipar posibles problemas.

Menos nieve y más lluvia
Uno de los cambios que perciben los responsables del cultivo es la manera en la que se llenan los embalses. Según Magadán, tradicionalmente el agua procedía en buena medida de la nieve acumulada durante el invierno, mientras que actualmente las precipitaciones son más dependientes de episodios de lluvia.
«Lo que está cambiando es la forma en la que se llenan los pantanos», ha explicado Magadán, quien ha señalado que tradicionalmente estos se llenaban con nieve durante los meses de invierno y que ahora predominan los episodios de lluvia.
Las altas temperaturas también afectan al cultivo. «Una planta por encima de 30 grados empieza a reducir su actividad», ha indicado, mientras que si se suceden varios días con temperaturas de 35 grados la planta sufre estrés y sufre aunque disponga de agua.
En este sentido, ha explicado que el riego permite reducir el impacto del calor: «Si está regada, sufre menos».
El cambio climático también puede traducirse en una mayor frecuencia o irregularidad de fenómenos externos. Magadán recuerda especialmente un episodio ocurrido en 2017: «Vino una tormenta el día 29 de agosto, una tormenta con agua y con vientos huracanados y se llevó el 50% de la cosecha.»
Ante estos episodios, ha reconocido que los agricultores cuentan con pocas herramientas de prevención: «Lo único que puedes hacer es buscar elementos de cultivo que estén preparados para cierto tipo de problemas».

Nuevas variedades frente al clima
El proceso, sin embargo, es lento: desde que comienza el desarrollo de una variedad hasta que puede llegar al mercado, pueden trascurrir al menos diez años. La selección se realiza mediante métodos tradicionales y posteriormente se comprueba la adaptación y productividad de las plantas en diferentes parcelas.
En los campos visitados también se realizan ensayos con variedades procedentes de otros países para analizar su adaptación agronómica y su productividad. Al mismo tiempo, Magadán ha señalado que las enfermedades constituyen otro de los problemas del cultivo, en contexto de mayores dificultades para el control fitosanitario por las restricciones sobre determinadas materias activas. EFE Verde
jra
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