Fotografía de el chotacabras. EFE/ CSIC
NATURALEZA ESPECIES

El chotacabras depende de la luz lunar para cazar

Huelva.- Un equipo científico liderado por la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) ha desarrollado un estudio que demuestra que el chotacabras, un ave nocturna mediterránea, depende de la luz lunar para cazar insectos y mantener su equilibrio energético.

El estudio se ha realizado en el Espacio Natural de Doñana (Huelva) en el marco de un programa de seguimiento a largo plazo centrado en esa ave, ha informado la EBD-CSIC en una nota.

Los chotacabras se alimentan de insectos aéreos durante la noche, pero no se orientan bien en la oscuridad, sino que necesitan algo de luz para localizar a sus presas. La luna dispara su agudeza visual de los chotacabras, y estos maximizan su ingesta diaria de alimento extendiendo su actividad de caza durante toda la noche.

El estudio se centró en conocer lo que sucede en las fases oscuras del ciclo lunar, para lo que se marcó a los chotacabras con pequeños dispositivos electrónicos que registran su comportamiento de forma continua durante un ciclo anual completo.

Durante más de una década, documentaron también los cambios de peso corporal, la cantidad de grasa almacenada y el grado de protrusión del estómago -una medida de la cantidad de alimento ingerida- en relación con las fases lunares.

Esto permitió conocer que la ausencia de luna obliga a los chotacabras a concentrar su actividad en torno a las efímeras entreluces del atardecer y el amanecer, único momento de la noche en el que consiguen cazar eficazmente.

Adaptaciones para sobrevivir

El estudio demostró que los chotacabras cuentan con una adaptación esencial para encarar esta limitación de tiempo: uno de los estómagos proporcionalmente más grandes de todas las aves, que les permite atiborrarse de insectos en apenas unos minutos tras la puesta de sol y almacenarlos para su posterior digestión.

El problema es que ese enorme estómago apenas si deja espacio para el intestino, encargado de procesar el alimento, por lo que la digestión de estas aves es extraordinariamente lenta, lo que ocasiona un cuello de botella que limita la cantidad de alimento que pueden procesar en una noche completa, incluso en las mejores condiciones de luna.

«Estos animales viven en el umbral de la pobreza energética. La luna llena solo representa para ellos un modesto ingreso extra que, sumado a un salario mínimo más que ajustado, mitiga momentáneamente su precaria economía y les permite cubrir ciertos costes, pero siempre sin excesos», ha explicado el investigador Carlos Camacho, de la EBD-CSIC y primer autor del estudio.

El torpor como ahorro energético

Asimismo, cuando su ingesta diaria es limitada, pueden ‘apretarse el cinturón’, controlando los gastos sin recurrir a sus ahorros, es decir, en ausencia de luna, estos animales reducen el gasto de energía al mínimo permaneciendo prácticamente inmóviles la mayor parte del día y de la noche.

«Los chotacabras ponen en marcha mensualmente este mecanismo de control de gasto, conocido como torpor, enfriando temporalmente su cuerpo unos 5 grados C durante las noches sin luna y recuperando su temperatura normal cuando la luna llena restablece sus oportunidades de alimentación», ha detallado Gabriel Norevik, coautor del estudio e investigador de la Universidad de Lund, en Suecia.

Con todo, su presupuesto energético fluctúa con el ciclo lunar y esta economía fluctuante los condena a sincronizar sus tareas más demandantes con los tiempos de bonanza de iluminación lunar: «Solo entonces consiguen suficiente energía para afrontar los sobrecostes de la reproducción y la migración, cuando además de mantenerse ellos mismos, tienen que destinar recursos a alimentar a su prole o a acumular grasa a modo de combustible para un largo viaje», ha explicado Anders Hedenström, referente en el estudio de la migración de las aves de la Universidad de Lund.

Este estudio pionero pone de manifiesto la importancia de los ciclos lunares como eje estructurador de la biodiversidad nocturna, si bien, pese a estos avances, quedan importantes interrogantes abiertos, como el impacto de la contaminación lumínica sobre estos patrones naturales y sus posibles consecuencias para la ecología y conservación de las especies nocturnas en el actual escenario de cambio global. EFE

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