La primatóloga británica Jane Goodall, fallecida este miércoles en Estados Unidos, cambió la historia de la ciencia en 1960 cuando observó a un chimpancé en Gombe (Tanzania) utilizando una herramienta para alimentarse de termitas, un hallazgo que desafió la idea de que solo los humanos eran capaces de fabricar utensilios.
“Fue difícil para mí creer lo que había visto”, relató en el documental de National Geographic Jane, al recordar cómo el chimpancé David Greybeard arrancó las hojas de una rama para convertirla en una vara y extraer termitas de un nido, demostrando la capacidad de modificar objetos y fabricar herramientas.
Ese momento no solo transformó su vida personal y científica, sino que dio inicio a una carrera dedicada al estudio de los chimpancés que se prolongó por más de seis décadas y dejó una huella imborrable en la divulgación ambiental y en la conservación de la biodiversidad.
Aceptar a los chimpancés como humanos
Goodall comunicó el descubrimiento a su mentor, el paleoantropólogo Louis Leakey, quien le respondió: “Ahora debería redefinir al hombre o aceptar a los chimpancés como humanos”. Con su apoyo, consiguió financiación para continuar con la investigación.
“Mis observaciones en Gombe desafiaban la singularidad humana, y cuando esto sucede siempre hay una respuesta violenta”, recordaba Goodall, al explicar las resistencias que encontró por ser “una mujer joven y sin entrenamiento académico”.
El documental Jane, disponible en Disney+, narra esos primeros años a través del lente del fotógrafo de National Geographic Hugo van Lawick, su compañero de investigación y esposo durante una década.
Documentar emociones y vínculos sociales
Con el tiempo, sus observaciones diarias revelaron conductas antes desconocidas: los chimpancés comen carne, usan plantas como medicinas, adoptan crías huérfanas y manifiestan sentimientos como amor, celos, ira o tristeza.
Goodall se centró en el caso de la matriarca Flo y su cría Flint, cuyas vidas documentó durante años. Cuando Flo murió a los 53 años, Flint cayó en una profunda depresión que lo llevó a dejar de alimentarse y morir pocas semanas después, prueba de los fuertes lazos sociales en estas comunidades.
Para Goodall, esas experiencias también marcaron su vida familiar y le aportaron claves en la crianza de su hijo, Hugo Eric Louis, que pasó parte de su infancia en la selva de Tanzania.
Una vida de divulgación y conciencia ambiental
La primatóloga solía recordar que “la suerte es solo parte de la historia” y defendía que el éxito depende de la determinación y del trabajo duro. Su visión la convirtió en una de las científicas más influyentes del siglo XX, capaz de tender puentes entre la investigación y la conciencia global sobre el bienestar animal y la protección de la naturaleza.
Desde 1986, Goodall no permaneció más de tres semanas consecutivas en un mismo lugar debido a su labor incansable de divulgación y a las actividades del Instituto Jane Goodall, organización dedicada a la educación ambiental y a la conservación de especies amenazadas.
Precisamente, fue en el marco de una de esas conferencias en Estados Unidos donde la investigadora británica falleció, dejando un legado científico y humano que sigue inspirando a generaciones enteras. EFEverde
El adiós a Jane Goodall, una aliada esencial del periodismo ambiental. Por Arturo Larena






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