Julia Rodríguez
Madrid.- La abundancia de noticias sobre la crisis climática puede generar saturación informativa y acabar frenando la acción humana. Algunos expertos señalan al nudging – la teoría del empujón suave- como una herramienta esencial para el diseño de entornos que faciliten la toma de decisiones y la adopción de hábitos sostenibles.
Así lo explica el profesor de Psicología de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) Edgar González-Hernández, quien subraya que el cambio se consolida mejor cuando no se basa en la presión o la culpa, sino en contextos que acompañan al individuo en su proceso de decisión.
Frente a ellos, el nudging, o pequeño empujoncito, plantea «diseñar contextos que faciliten las decisiones» de modo que las opciones sostenibles sean más visibles y accesibles, ya que las conductas «no surgen en el vacío, sino en función del entorno».
En este sentido, subraya que el cambio individual es frágil si no está acompañado por sistemas sociales, educativos o políticos que lo respalden, porque «no podemos sostener hábitos solo desde la fuerza de voluntad».
El «modo amenaza» frena la acción climática
El psicólogo advierte de que los mensajes basados en la presión o la alarma constante pueden activar en el cerebro un «modo de amenaza» que deriva en bloqueo, desconexión o pasividad, dificultando la acción climática.
Señala que el cambio de hábitos es más sostenible cuando se produce en entornos sociales que acompañan y refuerzan las conductas, reduciendo la sensación de carga individual.
En este sentido, insiste en que la combinación de mensajes no restrictivos y apoyo comunitario resulta clave para transformar la preocupación climática en acción real.
Además, González-Hernández considera que las políticas basadas únicamente en sanciones pueden generar cambios puntuales, pero resultan limitadas ante problemas «abstractos, invisibles y a largo plazo» como el cambio climático.
El papel de las instituciones y de los jóvenes
Asimismo, defiende que las instituciones deben ir más allá de medidas aisladas y apostar por estrategias estructurales que integren la sostenibilidad en la educación y en la vida cotidiana, ya que los cambios duraderos «se construyen desde sistemas».
La experiencia de catástrofes como la dana en Valencia evidencia, según apunta, que las personas actúan cuando el problema se vuelve tangible, lo que refuerza la necesidad de trasladar ese impacto al día a día sin esperar a escenarios extremos.
González-Hernández destaca el papel de las nuevas generaciones, a las que considera clave en la transformación: «La gente joven tiene una enorme capacidad de acción, especialmente cuando vive el problema de forma directa».
Ante situaciones de emergencia como catástrofes recientes, «responden de forma rápida e incansable», lo que demuestra su potencial para impulsar cambios reales, aunque advierte que «no es justo depositar toda la confianza en ellos» sin el apoyo de las instituciones.
Para lograr cambios sostenibles, González-Hernández insiste en la importancia de «hacer visible lo invisible», es decir, mostrar el impacto real de las acciones cotidianas para que dejen de percibirse como algo abstracto.
«Si una persona puede ver las consecuencias de lo que hace su entorno inmediato, aumenta la probabilidad de que mantenga ese comportamiento», señala.
La amabilidad como base del cambio
González-Hernández plantea la amabilidad como punto de partida para cualquier transformación sostenible. Lejos de estrategias basadas en la culpa o la exigencia, defiende un enfoque que reconozca la complejidad del comportamiento humano y las limitaciones del contexto.
«Ser amables con nosotros mismos y con los demás permite sostener el cambio en el tiempo», señala, destacando que la aceptación del error y el aprendizaje continuo son claves para avanzar en la acción climática.
jra.fch




