Autor: José María Figueres
En las reuniones del Foro Económico Mundial en Davos a finales de enero, se habló mucho sobre tormentas financieras en un mundo donde los EEUU rozan el “abismo fiscal”, persisten incertidumbres sobre el Euro, y el crecimiento en China disminuye. Sin embargo entre un debate y otro, se escuchó también conversaciones cada vez más preocupantes sobre lo que a medio y largo plazo representa un problema económico mucho más profundo: la degradación continua del medio ambiente, nuestro capital natural.
Este es un tema que cada año cobra mayor fuerza en Davos, uno de los principales foros de reflexión mundial. Los líderes empresariales que asisten al foro están tomando mayor conciencia de que la naturaleza importa. Esto ha llevado a que el foro formara en los últimos tiempos consejos asesores en las áreas de Biodiversidad y Capital Natural, Cambio Climático, y Océanos. En estas deliberaciones, hoy en día grandes empresarios escuchan a científicos abogando por la necesidad de respetar el medio ambiente, con la misma atención que prestan a conversaciones sobre nuevos mercados o posibles aranceles. Economistas como Nicholas Stern y Pavan Sukhdev han contribuido rigurosidad a estos debates, al establecer el valor económico de los productos y servicios ambientales
Política en alta mar
Pero ninguna parte de nuestro planeta ha sufrido tanto en las últimas décadas los embates de prácticas empresariales insostenibles, como las aguas internacionales de nuestros océanos. Estas aguas representan casi el cincuenta por ciento de la superficie de la Tierra. Nos proporcionan el oxígeno sin el cual no existiríamos y son fuente de una rica biodiversidad. Aun así, pocos gobiernos le prestan la atención que se merece – tal vez porque esta inmensa zona no pertenece a nadie y, como tal, está siendo sobre-explotada por todos los que tienen acceso a ella.
Las consecuencias de esta negligencia se manifiestan de varias maneras. Las aguas de nuestros océanos son en gran medida una zona sin controles adecuados. Piratas atacan buques mercantes. Armadores de buques de pesca ilegal tratan a sus tripulantes prácticamente como esclavos. Los caladeros de los grandes peces que nos proveen de proteínas tienen hoy tan sólo un 10% de sus poblaciones originales, y tres cuartas partes de los caladeros a nivel global están o totalmente explotados o van camino a ello.
Ningún presidente responsable de ninguna empresa llevaría sus negocios de la manera en la que tratamos al océano global. Reformar las políticas pesqueras es un imperativo económico. Hacerlo permitiría la recuperación de las poblaciones de peces, cuya explotación sostenible inyectaría en la economía mundial cincuenta mil millones de dólares por año.
Frente al avance del cambio climático, cada día son más los líderes empresariales que reclaman a los gobiernos políticas claras para reducir las emisiones de carbono. Sin embargo la gran mayoría de los países siguen sin hacerlo. Una situación parecida sucede también con los océanos. Los políticos evitan poner en práctica las reformas profundas que necesitamos, tal y como ocurrió el año pasado en la recta final de la negociación de Rio+20. En un artículo reciente el reconocido empresario Richard Branson decía: “En la Cumbre Rio+20 esperábamos un acuerdo claro para proteger los océanos…Tenemos que presionar a nuestros líderes ahora para que introduzcan cuotas y restricciones que puedan garantizar, para las generaciones futuras, un océano que goce de buena salud”.
Por supuesto no todos los líderes empresariales comparten la misma sensibilidad o fuerza de voluntad para frenar el deterioro ambiental. Pero mientras los líderes empresariales reunidos en Davos discutían sobre el océano global, preocupa que el tema esté prácticamente ausente de la agenda de la reunión del Consejo de Administración del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, que tendrá lugar a mediados de febrero en Nairobi.
Conviene que los líderes políticos empiecen a escuchar. Hace falta mejorar nuestra forma de gestionar casi el 50% de la superficie del planeta. Con ello ayudaríamos a promover la seguridad alimentaria, fortaleceríamos los derechos humanos, y velaríamos por la naturaleza.
Presidente de Costa Rica de 1994 a 1998, José María Figueres fue posteriormente Director Ejecutivo del Foro Económico Mundial. En la actualidad, es Presidente de The Carbon War Room.
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