Tras las llamas, la prioridad debe ser proteger y recuperar el suelo para asegurar la vida

Ana Tuñas Matilla

Los efectos de un incendio forestal no terminan cuando se apagan las llamas, sino que perduran durante décadas y la prioridad para amortiguarlos debe ser proteger y recuperar el suelo, el recurso más crítico para la vida y la seguridad hídrica y, sin embargo, el más olvidado a la hora de tomar medidas para restaurar una zona arrasada por el fuego.

Según los expertos consultados por EFE Verde, además de afectar a fauna y flora, los incendios destruyen la materia orgánica del suelo, los nutrientes y parte de la biodiversidad que en él habita, todos ellos fundamentales para la vida.

El error de medir el impacto por hectáreas

Además, al desaparecer la cubierta vegetal, el suelo queda expuesto a la lluvia y surge el riesgo de erosión y escorrentía. Como consecuencia: cenizas, sedimentos y piedras pueden llegar a cauces, embalses, captaciones de agua y zonas habitadas.

En su opinión, medir la gravedad de un incendio sólo por las hectáreas afectadas es un error y la prioridad debería ser analizar la severidad de cada fuego, es decir, cómo ha impactado en cada elemento de un ecosistema (suelo, vegetación y fauna).

Apagado un fuego, lo más urgente es procurar que no se pierda la ceniza porque será el sustento de la regeneración. En ella hay semillas, bioma, nutrientes, inóculo de micorrizas, bacterias, hongos, etc., elementos que permitirán la recuperación en las primeras fases postincendio, ha explicado Javier Madrigal Olmo, experto en incendios del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA-CSIC).

Lo primero, analizar la severidad

Para saber dónde actuar, la prioridad debe ser localizar las zonas donde ha habido alta severidad (afectación) en el suelo para protegerlo, tanto por razones ecológicas,  como socioeconómicas, pues está en riesgo el abastecimiento hídrico de las poblaciones.

Una de las técnicas para saber si ha habido elevada severidad consiste en fijarse en la presencia y color de las cenizas. Si son blanquecinas o no se ven, es síntoma de que el suelo está desestructurado y de que ha habido un consumo absoluto de toda la materia orgánica superficial.

Un incendio genera una combustión sin llama de la capa orgánica, que es la que tiene la gran mayoría de los nutrientes, mientras que, por lo general, la capa mineral no resulta afectada. En caso de que las altas temperaturas lleguen a esta parte del suelo, esas serán zonas prioritarias a proteger.

Después, hay que esperar a ver cómo responde la naturaleza antes de abordar posibles repoblaciones: entre 1 y 3 años, en el caso de los ecosistemas atlánticos, y hasta 5 años, en el de los mediterráneos. Primero hay que dar una oportunidad a la regeneración natural y, dependiendo de cómo vaya, plantear repoblaciones, tanto para mantener como para introducir especies.

A más recurrencia, menos esperanza

Llegados a ese punto, lo que proponemos es apostar por especies que no sólo se adapten a las nuevas condiciones climáticas, sino que también ofrezcan garantías de que, en caso de un nuevo fuego, se regenerarán, «ya que sabemos que antes o después volverá a arder», ha añadido Madrigal, que ha subrayado que a mayor recurrencia de fuegos mayor degradación y menor productividad de los suelos.

En un lugar donde hay poca recurrencia, hay más banco de semillas en el suelo y más posibilidades de recuperación, mientras que en las zonas donde los incendios se producen con mucha frecuencia, llega un momento en el que el sistema se agota y no tiene capacidad de regeneración natural, ha apuntado responsable del programa de Bosques de WWF, Diana Colomina.

Por eso es tan importante hacer esa evaluación inicial y, además, dar tiempo a la naturaleza que, ha advertido, no se rige por los plazos de los humanos.

Para hacernos una idea, para considerar a un pinar adulto tienen que pasar entre 10 a 15 años y unos 40 años en el caso de encinares o robledales, que necesitan 120 años para alcanzar la madurez.

Peder en nada lo que tardó siglos en formarse

«Cuando se produce un incendio es como si cayera una bomba: desaparece la cobertura vegetal, los animales huyen o mueren, hay daños en el sistema hidrológico, hay gente que pierde su casa y su medio de vida, hay daño emocional, etc», ha añadido Colomina.

También se pierde suelo fértil, el gran olvidado pese a que sin él no hay vida y que, por tanto, debería ser uno de los principales recursos a proteger tras un incendio, tanto para favorecer la regeneración como para evitar la erosión y que los sedimentos contaminen el agua de ríos y embalses.

Cada centímetro de suelo fértil puede tardar siglos en formarse y perderse en cuestión de horas por un fuego (…). Trabajar con él es esencial para generar unos ecosistemas sanos, funcionales y que ofrezcan recursos y servicios ecosistémicos vitales para la humanidad, ha insistido.

Transferencia brutal de energía

Un incendio no es vegetación que arde: es una transferencia brutal de energía a un sistema vivo, y buena parte de esa energía va hacia abajo, al suelo, ha añadido la directora del Máster en Ingeniería y Gestión Ambiental de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), Maribel Cerezo.

«Es la pérdida más grave y la que menos se cuenta. Se destruye la estructura, se consume materia orgánica y se volatilizan nutrientes (…) El verdadero problema viene con las lluvias torrenciales de finales de verano», según Cerezo, que ha subrayado que un suelo desnudo más gota fría es una combinación que puede llevarse en unas horas lo que tardó siglos en formarse.

Por ello, apagadas las llamas, la prioridad no debe ser plantar, sino retener el suelo antes de las primeras lluvias, y lo primero que hay que hacer es evaluar el terreno para localizar dónde coinciden severidad alta, pendiente y cuenca sensible y aplicar medidas para reducir erosión y escorrentía.

Entre las técnicas para actuar con el suelo, destaca el acolchado o mulching, consistente en cubrirlo con paja, astillas de madera, restos de podas, etc.

Plantar sin asegurar suelo: poner una tirita para una hemorragia

Después hay que dejar trabajar a la naturaleza y reforestar sólo donde haga falta realmente, según Cerezo, que ha advertido de que «plantar sobre un suelo que se está yendo es poner una tirita en una hemorragia. Queda muy bien en la foto y resuelve poco».

La huella que deja un gran incendio va mucho más allá de la desaparición de la cubierta vegetal. El impacto en los elementos vitales es sistémico y comienza en el suelo, que pierde su materia orgánica y queda vulnerable a procesos erosivos severos, ha coincidido en señalar el director ejecutivo en España de la certificadora de bosques sostenibles FSC, Gonzalo Anguita.

Esta degradación tiene un efecto dominó: al perderse la base de la cadena trófica, se ve comprometida la vida de microorganismos, hongos e insectos que no vemos, pero que son los que nutren a plantas y animales superiores.

Además, el suelo erosionado cae a los cauces empeorando su calidad, mientras que los restos vegetales quemados forman tapones que provocan inundaciones.

Sin la estructura del bosque, el agua de lluvia no se infiltra en el terreno y corre como por un «tobogán» hacia el mar, perdiendo el territorio su capacidad de «entretener» el agua para el abastecimiento y la vida, ha subrayado.

Y una silvicultura que garantice la conservación

Aunque plantar es importante, para el directivo de FSC, la prioridad absoluta debe ser la gestión de las masas existentes mediante una silvicultura que garantice su conservación activa. Es necesario transitar hacia un modelo donde la prevención y la gestión forestal sostenible sean constantes y reconociendo que los bosques son entes dinámicos que requieren una atención que no se limite a la «fotografía» del momento del desastre.

Es fundamental controlar las cargas de combustible (madera y biomasa seca acumulada) para evitar que el monte sea un polvorín ante futuros eventos. «Los grandes incendios forestales que estamos sufriendo nos obligan más que nunca a reflexionar sobre cómo podemos revertir esta situación y ser capaces de construir un escenario más resiliente y beneficioso para toda la sociedad», ha añadido. EFE Verde

atm

La superficie afectada por incendios forestales suma 254.730 hectáreas, el 13,8 % menos que en 2025


 

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Ana Tuñas Matilla

Somos Naturaleza, ese es mi lema. Mi objetivo, que no se nos olvide. Somos parte del ecosistema en el que vivimos, no sus dueños. Cuidarlo es cuidar de nosotros mismos. Es nuestra responsabilidad. Mis orígenes están en una aldea de Ourense. Mi contacto con lo rural, unido a mi experiencia en la cobertura de temas de economía o salud, me han permitido entender que todo está conectado.