El escenario mundial en 2026 está claramente marcado por un aumento vertiginoso de conflictos armados, tanto a nivel nacional como internacional, con la participación incluso de grandes potencias.
Como dato clave, se calcula que estos enfrentamientos bélicos han causado más de 1 millón de muertes acumuladas en la década de 2020, con un pico en 2025 en torno a 300.000 personas fallecidas. ¿Cuál puede ser la razón de esta barbarie en el siglo XXI?
Las tesis abundan: guerras contra el yihadismo radical; contra la proliferación de armas de destrucción masiva; contra los regímenes dictatoriales, etc. Así, las causas que explican la explosión y desarrollo de las guerras y los enfrentamientos armados son numerosas y complejas.
Acceso y control de recursos naturales
Sin entrar en su valoración, optamos aquí una que nos parece sin duda la más importante. El acceso y control de recursos naturales es un elemento fundamental que subyace en el trasfondo de los conflictos actuales. La codicia justifica la guerra.
Las muertes se legitiman, se justifican, o se entienden si al final conseguimos estos recursos naturales que nos permiten mantener e incluso aumentar nuestro nivel ya descomunal de consumo.
Sentimos los difuntos cercanos y lejanos de nuestra especie. Pero al final, nos aferramos a precio de los alimentos, de la luz, del gas o del combustible.
A esto apuntaba ya hace años el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente al considerar que al menos un 40% de los conflictos internos en el mundo en los últimos 60 años han estado vinculados con la explotación de recursos naturales. Pero hablaba sólo de conflictos internos, sin tener en cuenta los internacionales que, con los llamados con discursos ocultos o agendas paralelas, pretenden apropiarse de recursos ajenos.
Por supuesto, no nos referimos aquí a la llamada maldición de los recursos que describe la realidad de países ricos en recursos, pero incapaces de impulsar su crecimiento económico.
Hablamos más bien de la principal lógica de las guerras actuales, donde se identifican recursos, se permiten que el país o la zona se desestabilice, y todo acaba con el estallido conflictos para hacerse después con los recursos ajenos.
Podemos buscar las causas paralelas o complementarias que queramos, pero los conflictos en la región de los Grandes Lagos no pueden entenderse sin los inmensos recursos naturales de que dispone la República Democrática Congo, y de manera especial su coltán.
La inestabilidad en la zona del Cáucaso (Chechenia, Azerbaiyán, Armenia) se explica sobre todo por las inmensas reservas de petróleo del Mar Caspio.
El control y acceso al agua y a la tierra es el aspecto clave del conflicto árabe-israelí.
El acaparamiento de tierras para el agro-negocio, la minería o el cultivo de la coca es lo que está detrás de la conflictividad de muchos países de Latinoamérica.
Las pretensiones sobre Groelandia no se entienden sin las grandes reservas de la isla con un enorme potencial de extracción de petróleo, gas, uranio, níquel, cobre, oro y las tan codiciadas tierras raras.
Son numerosos los ejemplos, y la lista podría continuar hasta abarcar la mayoría de conflictos armados vigentes.
El acceso y control de los recursos naturales – petróleo, diamantes, piedras preciosas, maderas nobles, agua, gas, tierras, minerales, etc., – no es una variable más. Es la variable fundamental a tener en cuenta para indagar en la dinámica de los conflictos armados si queremos vislumbrar alguna respuesta.
Las élites políticas admiten guerras por recursos
Hasta hace poco, esta variable quedaba escondida detrás de “nobles” ejes de confrontación como el ideológico, religioso, étnico o de seguridad nacional. Y de un tiempo a esta parte, la élite política ya habla de sus guerras para hacerse con las tierras raras de Groenlandia, la energía en Ucrania, o para controlar el petróleo de Venezuela o Irán.
De este modo, ya no se trata principalmente de ideologías, dictaduras, fronteras o “seguridad”. La inmensa mayoría de los conflictos explotan cuando, dentro de un país, una facción decide apropiarse de los recursos comunes provocando el levantamiento de sus rivales; o cuando una nación decide que los recursos de otra le pertenecen por la fuerza.
Evidentemente, estos recursos no determinan sólo el inicio de la violencia armada, sino también en su prolongación e intensidad. Éstos acaban siendo utilizados por los diferentes actores (fuerza internacional, gobiernos nacionales y grupos de rebeldes) para mantener la violencia por la capacidad de adquisición de armas.
Dentro de este contexto, la discrecionalidad de muchos grandes negocios – nacionales o internacionales- no les exime de responsabilidad. Son muchas las empresas con fuertes intereses que, casi nunca, aparecen vinculadas de forma explícita a las dinámicas bélicas, a pesar de ser los principales beneficiarios de los recursos en disputa.
Así, desde el coltán en la República Democrática del Congo hasta el oro en Sudán, pasando por los minerales en Asia y Europa, el petróleo y gas en Oriente Medio, las tierras agrícolas de América Latina, – por citar solo algunos ejemplos – la lucha por el control de estos recursos ha convertido nuestro planeta en un verdadero campo de batalla.
Pero paradójicamente, las guerras por esos recursos que mueven nuestro mundo, nuestras economías, nuestras ansias de consumo no tienen sólo a los seres humanos como únicas víctimas. Junto con la humanidad, el propio planeta se está convirtiendo en la otra gran victima silenciosa de unas guerras que buscan hacerse son sus recursos, acabando progresivamente con él.
Daños ambientales
Al coste humano de las guerras, se suman los daños ambientales: incendios que acaban con la biodiversidad y ecosistemas naturales; las armas arrojan gases tóxicos y partículas al aire; combustibles que contaminan aguas y suelos, y las bombas provocan una profunda destrucción de paisajes, etc.

Casi que toda guerra acaba entendiéndose mejor por codicia por los recursos naturales que alimentan nuestro sobreconsumo.
¿Decir “No a la Guerra” podría significar llevar un consumo moderado, responsable, sostenible para reducir tensiones por recursos?
Sin duda mi respuesta es afirmativa.
Como dijo Mahatma Gandhi: «La tierra es lo suficientemente grande para satisfacer las necesidades de todos, pero no para satisfacer la codicia de unos pocos.»
Fidele Podga es coordinador del departamento de Estudios y Documentación de Manos Unidas.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.
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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».





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