Una crisis energética en un punto concreto del mapa puede reordenar prioridades a escala global. El estrecho de Ormuz lo ha vuelto a demostrar. La dependencia del petróleo deja de ser un riesgo teórico para convertirse en una vulnerabilidad inmediata, y con ello reaparece una pregunta incómoda: ¿sobre qué bases estamos construyendo nuestro modelo económico?
La crisis en el estrecho de Ormuz ha devuelto la necesidad de buscar con urgencia alternativas a la hegemonía del petróleo en la economía y es una señal más de que el «mundo de ayer» -en el que teníamos asegurados una estabilidad y unos suministros garantizados- está dejando de ser el escenario base. Esta coyuntura nos invita a replantearnos si nuestras estructuras, formas de gobernanza, soluciones técnicas centralizadas, formas de crear y compartir conocimiento y financiar proyectos son eficientes para afrontar esta nueva realidad. Y se presenta como una ventana de oportunidad para salir de inercias y repensar qué transformaciones de fondo necesitamos.
Lo que parece claro es que estamos atravesando algo más que una crisis puntual. Estamos entrando en lo que ya se describe como la “era de las consecuencias”, donde los efectos acumulados de un modelo extractivo se manifiestan simultáneamente en distintos frentes -energético, alimentario, climático o social- y se retroalimentan entre sí. Esta interacción genera dinámicas no lineales que tensionan estructuras diseñadas para un mundo más predecible como el que hemos vivido durante las pasadas décadas.
En este contexto, la bioeconomía emerge con una relevancia renovada. No como una alternativa sectorial ni como una solución parcial, sino como un marco de transformación. Hablar de bioeconomía es hablar de reorganizar la producción y el consumo en torno a los recursos biológicos -agricultura, ganadería, residuos, biomasa, ecosistemas- bajo lógicas circulares y regenerativas. Es, en esencia, cambiar la forma en que el sistema económico se relaciona con la vida.
Su momento responde a una necesidad estructural. Ya no basta con mejorar la eficiencia o reducir emisiones. La clave pasa por desarrollar una capacidad anticipatoria. Hasta ahora, esa capacidad ha sido diferencial para las empresas, y también para determinados países. Sin embargo, muchas de las soluciones a las crisis actuales se juegan en el territorio -energía distribuida, sistemas agroalimentarios resilientes, gestión de recursos o hábitats adaptativos-, lo que obliga a trasladar esa capacidad a escala territorial.
Aquí la bioeconomía actúa como un vector integrador. Obliga a conectar sectores que tradicionalmente han operado de forma aislada y a articular nuevas formas de gobernanza entre actores públicos, privados y sociales. Energía, agroindustria, residuos o servicios ecosistémicos pasan a formar parte de un mismo sistema interdependiente que necesita coordinarse para funcionar.
No se trata de una utopía. Precisamente por su arraigo territorial, es una vía muy concreta y ya está en marcha dentro y fuera de España. Un ejemplo es Lleida, una región con un enorme potencial en bioeconomía. Proyectos en los que estamos participando desde Impact Hub, como Lleida Alimenta, que pone en el centro al territorio, a través de una Fundación Comunitaria que hace de organización catalizadora, y en el que se ya se apoyaban experiencias pioneras privadas, como el biopolígono de Alcarrás, promovido por más de 100 familias locales a través de cooperativas ganaderas con un enorme peso en toda Cataluña y en España.
Este proyecto convierte materia orgánica valorizable en energía y nuevos materiales, integrando distintas actividades económicas en un ecosistema industrial circular. No se trata únicamente de una instalación productiva, sino de una infraestructura de gobernanza capaz de coordinar actores diversos y conectar lo local con lo global.
Organizaciones catalizadoras
Este enfoque introduce un elemento diferencial: el papel de las organizaciones catalizadoras. En un contexto de complejidad creciente, su función no es ejecutar proyectos aislados, sino diseñar las condiciones para que emerjan soluciones sistémicas. Actúan como nodos que conectan actores, alinean intereses y sostienen procesos a largo plazo.
Desde mi experiencia impulsando modelos regenerativos basados en marcos como las Agendas Compartidas de la Estrategia de Especialización Inteligente RIS3CAT -base institucional que apoya el proyecto de Lleida-, tengo claro que el papel de las organizaciones catalizadoras, que pueden ser impulsadas a nivel público, privado o colectivo, es hoy más crítico que nunca y son capaces de:
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Construir capacidades anticipatorias. Requiere generar inteligencia sobre riesgos sistémicos y traducirla en decisiones compartidas, algo que no siempre encaja en las dinámicas tradicionales de las instituciones.
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Fomentar la adaptación. La resiliencia del territorio no depende únicamente de grandes inversiones, sino de la capacidad de adaptación. Diseñar nodos de bioeconomía circular permite a los territorios ganar autonomía en ámbitos críticos como la energía o la alimentación, reduciendo su vulnerabilidad ante crisis externas.
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Liderar una gobernanza justa. Sin estructuras que aseguren una transición justa, el riesgo es reproducir desigualdades o generar nuevas dependencias. Por eso, la innovación debe orientarse para generar cambios sistémicos y no solo optimizar los beneficios.
Todo ello plantea también una advertencia clara. El desarrollo de la bioeconomía no puede abordarse únicamente desde la lógica de desplegar infraestructuras o incentivar sectores concretos. Ese enfoque, basado en hojas de ruta lineales, resulta frágil en un entorno volátil. La alternativa pasa por construir territorios capaces de operar como sistemas vivos, adaptativos y resilientes.
La crisis del estrecho de Ormuz funciona como un recordatorio. No solo de nuestra dependencia energética como país, sino de los límites de un modelo que separa economía y territorio, producción y ecosistemas, eficiencia y resiliencia.

Frente a ello, la bioeconomía territorial ofrece una vía concreta para reconfigurar esa relación. No es una opción para tiempos de bonanza, sino un marco de innovación transformativa necesario para afrontar un siglo XXI marcado por la incertidumbre. Y ahí los territorios van a desempeñar un rol fundamental. La cuestión es si seremos capaces de activar esa capacidad a tiempo.
Rafael Cobo Calleja es Regenerative Lead en Impact Hub Madrid

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.
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