MEX01. GUANAJUATO (MÉXICO), 26/05/08.- Un campesino conduce un tractor hoy, 26 de mayo de 2008, en el municipio de Manuel Doblado en el estado mexicano de Guanajuato, en visperas de la temporada de lluvias. El presidente de México, Felipe Calderón, dio a conocer ayer un plan de emergencia de apoyo a familias para enfrentar el impacto de la crisis alimentaria mundial. Entre los puntos importantes, se contemplan los respaldos a los productores agrícolas para que tengan acceso a fertilizantes y buscar que no queden campesinos sin sembrar su tierra.EFE/Leopoldo Smith

Comemos gas natural. Por Marcos Rupérez

Hace no mucho pasé por un pueblo agrícola del interior de España, de esos de apenas quinientos habitantes, en una zona semidesértica rodeada de campos de cultivo hasta donde alcanza la vista. Paseando entre los campos vi un tractor esparciendo algo por el suelo.

Desde lejos parecía que regaba. Al acercarme vi que no era agua: el campo entero estaba cubierto de bolitas de un azul muy concreto, muy químico, un azul que la naturaleza no produce sola. Le pregunté a un agricultor de la zona qué era aquello. Urea, me dijo. Lo que le dan de comer a las plantas. A más se echa, más crece. Casi proporcional.

Es fácil pensar que el peso energético de la agricultura está en los tractores, en el diésel que queman las cosechadoras. No es ahí donde está el grueso. Esas bolitas azules vienen de otro sitio, y ese otro sitio es buena parte de la razón por la que hoy hay 8.000 millones de personas viviendo en este planeta.

El nitrógeno de esas bolitas sale de un proceso industrial de hace cien años llamado Haber-Bosch: se coge gas natural, se le extrae hidrógeno, ese hidrógeno se combina con nitrógeno del aire dentro de un reactor, y sale amoníaco. Del amoníaco se fabrica el fertilizante. Gas natural entra, fertilizante sale, el fertilizante entra en el campo, la planta crece, alguien se la come.

Casi se podría decir que una parte de las moléculas que forman cualquier cuerpo humano estuvo, en algún momento, dentro de un yacimiento de gas natural. No es una figura retórica. Es química, y está calculado: alrededor de la mitad del nitrógeno de un cuerpo humano medio viene de ahí. Es uno de los ejemplos que más detallo en mi libro, Cuando lo material fracasa: procesos industriales invisibles de los que depende la vida de la gente, sin que la gente lo sepa.

El proceso se inventó a principios del siglo XX, cuando parte de la comunidad científica advertía de que la humanidad no tardaría en chocar contra un límite de alimento que ningún avance agrícola anterior podría superar. La invención pospuso ese límite de forma indefinida, y desde entonces casi nadie vuelve a hablar de él como si fuera real. Pero el límite no desapareció. Simplemente dejó de ser visible, escondido dentro de una fábrica y un gasoducto que la mayoría de la gente nunca llega a ver.

Antes de que existiera este proceso, el nitrógeno de los cultivos venía de estiércol, de leguminosas, de guano importado de Sudamérica, y eso ponía un techo físico muy claro a cuánta gente podía alimentar el planeta.

Se calcula que, sin fertilizante sintético, la tierra sostendría de forma estable entre 3.500 y 4.000 millones de personas. Hoy somos 8.000. La diferencia no es que el resto viviría peor. Es que, sencillamente, no existiría.

Y aun así, pregúntese a diez personas por la calle qué es el proceso Haber-Bosch. Es probable que ninguna sepa responder. Cualquiera de esas mismas diez, en cambio, sabría explicar qué es un chatbot.

Esto deja de ser una curiosidad de sobremesa en cuanto el gas escasea o se encarece. En 2021 y 2022 el precio del gas natural en Europa se disparó, y la cadena que siguió apenas se explicó bien en su momento: sube el gas, sube el coste de fabricar fertilizante; sube el fertilizante, los agricultores aplican menos; se aplica menos fertilizante, bajan los rendimientos; bajan los rendimientos, sube el precio de la comida.

Buena parte de la inflación alimentaria de 2022 no fue solo la guerra de Ucrania. Fue que la materia prima invisible de la alimentación dejó de ser barata.

Hay países que ya lo tienen interiorizado. China lleva décadas construyendo reservas estratégicas de fertilizante, precisamente porque sabe lo que hay en juego. India los subsidia de forma masiva, porque ningún gobierno indio sobrevive a una subida seria del precio del pan. Europa, en cambio, importa el gas, importa buena parte del fertilizante e importa una parte significativa de lo que come.

Cada uno de esos eslabones es una dependencia, y las dependencias encadenadas son fragilidad encadenada. Hay quien propone resolver esto sustituyendo el gas natural por hidrógeno verde en el mismo proceso, fabricado con electricidad renovable.

Marcos Rupérez es ingeniero industrial especializado en hidrógeno y autor del libro Cuando lo material fracasa.

Es técnicamente posible, pero reemplazar solo el hidrógeno que hoy se usa para fabricar fertilizante, sin tocar el resto de la economía, exigiría electrolizadores y capacidad renovable en cantidades que hoy no existen y que nadie tiene planificadas a esa escala.

No se trata de anunciar la próxima hambruna. Se trata de una desconexión muy concreta entre lo que se discute en voz alta —inteligencia artificial, transición energética, geopolítica— y lo que de verdad sostiene que cualquiera siga vivo esta tarde: un proceso industrial de hace cien años que casi nadie sabe nombrar.

La próxima vez que alguien vea un campo cubierto de bolitas azules, o que suba el precio del pan sin que nadie lo explique bien, ya sabe dónde mirar.

 

Marcos Rupérez es ingeniero industrial especializado en hidrógeno y autor del libro Cuando lo material fracasa.

 


 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.

 

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