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Estamos consumiendo el futuro para alimentar el presente. Por Bertrand Piccard (presidente de la Fundación Solar Impulse)

¿Cuántas guerras más harán falta para replantearnos de verdad nuestra mezcla energética?

Ayer Ucrania, hoy Oriente Medio… ¿y mañana? Con cada crisis, los precios se disparan, las dependencias salen a la luz y nuestras certezas se tambalean. Sin embargo, una vez pasada la emergencia, olvidamos que son las energías fósiles, y no las renovables, las que son peligrosamente intermitentes, poco fiables y caras. Como si nada fuera a cambiar jamás.

Peor aún, algunos acontecimientos recientes van directamente en contra de lo que exige la situación. Hace apenas unos días, la ministra alemana de Economía y Energía, en una conferencia sobre energías fósiles celebrada al otro lado del Atlántico, instó a la UE a rebajar sus ambiciones climáticas en nombre de la competitividad.

Al mismo tiempo, la administración Trump obligaba a TotalEnergies a abandonar proyectos de energía eólica marina en Estados Unidos a cambio de mil millones de dólares, condicionados a inversiones equivalentes en proyectos de gas y petróleo.

Estos acontecimientos no son anecdóticos: reflejan errores estratégicos gravísimos, justo en el momento en que se cierra el estrecho de Ormuz.

Cada día nos esforzamos por importar combustibles fósiles. ¿Y qué queda al final del día? CO₂ en la atmósfera, humo en nuestras ciudades y una mayor dependencia. Como si estuviéramos quemando nuestro futuro para alimentar el presente.

Por el contrario, cuando importamos paneles solares, aerogeneradores o construimos redes eléctricas inteligentes —aunque su fabricación siga dependiendo hoy de China—, no compramos un recurso que desaparece: invertimos en infraestructuras que producirán durante treinta o cuarenta años energía limpia y, sobre todo, mucho más barata.

Una vez instaladas y con puestos de trabajo locales, trabajan para nosotros, sin enviarnos nunca una factura geopolítica. Son una palanca de soberanía y competitividad.

Pero seamos realistas: las energías renovables no bastarán, por sí solas, para satisfacer una demanda mundial creciente. La clave, paralelamente, y a riesgo de repetirme, es la eficiencia energética: hacer más con menos.

La energía más barata es la que no consumimos. Renovar, optimizar, modernizar: eso es reducir inmediatamente nuestra dependencia sin renunciar al confort ni a la creación de valor.

En esta transición, también hay que ir más allá de las posturas. La energía nuclear constituye, para muchos países, un paso obligado: una energía controlable, con bajas emisiones de carbono, capaz de garantizar la estabilidad del sistema. A condición de invertir plenamente en seguridad y en investigación, especialmente en el tratamiento de residuos.

Y, sin embargo, nuestras decisiones presupuestarias cuentan una historia muy diferente. La paradoja es sorprendente: mientras que los combustibles fósiles contaminan, crean dependencia y son, por naturaleza, limitados —el petróleo se cuenta en décadas—, seguimos subvencionándolos con más de 1,3 billones de dólares al año —de los cuales casi 60 000 millones en Europa—, según el FMI.

Reorientemos estos recursos: hacia las energías renovables, hacia la eficiencia, hacia la innovación —hidrógeno, almacenamiento, redes inteligentes— y hacia la investigación nuclear.

Invertamos en lo que nos hace autónomos, no en lo que nos debilita. El fin de las energías fósiles no es una limitación.

Es un logro. Esta elección dista mucho de ser solo ecológica. Es estratégica. Es existencial.

 

Bertrand Piccard es presidente de la Fundación Solar Impulse.

 

 

Logotipo de la Fundación Solar Impulse

 

 


 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.

 

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