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¿Hay algún piloto en la IA? Por Bertrand Piccard (presidente de la Fundación Solar Impulse)

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En un globo aerostático, no se lucha contra el viento. Se cambia de altitud para encontrar la corriente que nos lleve en la dirección correcta. Lo mismo ocurre con el futuro de la humanidad, y la IA forma parte de él.

La sostenibilidad es uno de los ámbitos en los que esta elección ya se está decidiendo. La IA puede llevarnos a una mayor eficiencia. Pero también puede llevarnos en la dirección contraria.

En el primer caso, la IA permite hacer más con menos: equilibrar una red eléctrica inteligente, integrando más fuentes intermitentes para distribuirlas en el momento adecuado allí donde se necesitan, almacenando el excedente y anticipando las necesidades; optimizar las rutas aéreas, marítimas y terrestres; aumentar el rendimiento; detectar fugas de agua; y gestionar una economía circular.

Esto no es ciencia ficción. Numerosas innovaciones ya utilizan la IA para reducir el consumo de los edificios, incorporar más energías renovables a las redes o diseñar proyectos de descarbonización. En este ámbito, la IA acelera la eficiencia, sobre todo si el calor residual de los centros de datos se utiliza para calentar las ciudades.

Pero hay otra dimensión. La IA es una formidable palanca: puede multiplicar nuestra capacidad para curar, comprender, ahorrar recursos y resolver problemas, pero también nuestros excesos y nuestras vulnerabilidades. Más contenidos producidos sin necesidad, más vehículos autónomos circulando vacíos, más cálculos y modelos utilizados sin un verdadero valor añadido.

Según la AIE, el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría más que duplicarse de aquí a 2030, hasta alcanzar unos 945 TWh. Por lo tanto, resulta esencial hacer que estas infraestructuras sean mucho más eficientes —en energía, agua, refrigeración y recuperación de calor—, una tarea en la que ya está trabajando la Fundación Solar Impulse.

Y lo que la IA multiplica no solo se mide en kilovatios-hora. También puede aumentar la desinformación, los deepfakes, los ciberataques, la manipulación política o la vigilancia abusiva. La misma potencia que puede ayudarnos a resolver nuestros problemas también puede acelerar su propagación. Podemos ir muy rápido en la dirección equivocada.

En globo, contamos con meteorólogos que estudian los vientos y aconsejan al piloto la mejor altitud. Recuerdo cuando los míos me advirtieron: «¿Quieres volar rápido en la dirección equivocada o despacio en la correcta?».

Eso es lo que falta actualmente en nuestra sociedad. Porque, al fin y al cabo, no se trata de la IA, sino de la sabiduría o la locura de la humanidad y de la gobernanza que se establezca.

Porque detrás de la dirección que tome la IA está en juego el lugar que queremos dejar al ser humano en las decisiones que comprometen su futuro: seguridad, democracia, cultura, trabajo, distribución de poderes. Pero para ello debemos conservar el tiempo y la capacidad de decidir.

Algunos de los gigantes de la IA, como OpenAI y Anthropic, abogan ellos mismos por frenar y regular. Sin embargo, la lógica geopolítica empuja a acelerar: Donald Trump rechaza estos llamamientos en nombre de la competencia tecnológica con China.

La carrera es desenfrenada, cuando aún no hemos decidido colectivamente adónde debe llevarnos. La ruta más rápida no es necesariamente la más sensata, ni la más segura.

Nos encontramos exactamente en el mismo punto que en 1945, cuando Oppenheimer propuso al presidente estadounidense negociar con los soviéticos el abandono del desarrollo de la bomba atómica. Truman se negó alegando que eso haría que los estadounidenses se quedaran rezagados en materia de defensa.

Si un solo protagonista adopta la actitud correcta, pero los demás no, perderá su posición de liderazgo. Es necesario que todos lo acepten, y eso resulta hoy más que ilusorio en nuestro mundo fragmentado.

Existe un rayo de esperanza. Con su «Convenio Marco sobre la IA, los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho», el Consejo de Europa ha allanado el camino para el primer tratado internacional jurídicamente vinculante sobre la IA.

Un principio esencial: el poder tecnológico debe seguir estando sujeto a las normas que nuestras sociedades se imponen colectivamente.

De este modo se garantiza el control humano cuando están en juego nuestros derechos, nuestra seguridad o nuestra democracia.

No se trata de frenar el viento, sino de elegir la altitud. El poder es tecnológico; el rumbo debe seguir siendo humano.

Si tomamos el camino equivocado, no será culpa de la IA, ¡será culpa nuestra!

 

Bertrand Piccard es presidente de la Fundación Solar Impulse.

 

 

Logotipo de la Fundación Solar Impulse

 


 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.

 

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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».