Hay huellas que no destruyen. Por Claudio Lauria (fundador y presidente de SUNCINE)

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Hay personas que han dejado la vida defendiendo la vida. No es una metáfora. Berta Cáceres, Paulo Paulino Guajajara y Aldo Zamora fueron asesinados por defender sus territorios, sus comunidades, sus bosques, su agua. Por enfrentarse a intereses mucho más poderosos que ellos. Sus historias atraviesan “El silencio de la tierra”, la película que este año abre la Sección Oficial Ñ de SUNCINE.

Cada vez que vuelvo a encontrarme frente a historias como estas me asalta la misma contradicción. Por un lado, la admiración inmensa hacia quienes son capaces de llegar tan lejos para defender aquello que nos pertenece a todos. Por otro, una pregunta mucho más incómoda: ¿cómo puede ser que todavía sea necesario morir para defender un río, una selva, una montaña o el derecho de una comunidad a seguir viviendo en su propia tierra?

Ese es uno de los grandes abismos de nuestro tiempo. En un extremo están quienes protegen la vida. En el otro, quienes todavía consideran que cualquier territorio, cualquier bosque, cualquier océano, cualquier especie o cualquier comunidad pueden sacrificarse si al otro lado de la
ecuación hay suficiente dinero. Y entre ambos extremos estamos todos nosotros.

Observo a jóvenes que utilizan las redes sociales para denunciar diariamente agresiones, negligencias y desmanes ambientales. Algunos lo hacen con una convicción admirable. También veo cómo, demasiadas veces, hasta las grandes tragedias terminan convertidas en contenido, en
tendencia, en una oportunidad para conseguir unos minutos de notoriedad.

Escucho a científicos, periodistas, educadores, cineastas, ambientalistas y extraordinarios profesionales explicar una y otra vez, desde universidades, periódicos, televisiones, documentales y foros internacionales, aquello que llevamos décadas escuchando. Y pienso que nosotros también llevamos mucho tiempo haciéndolo.

33 ediciones de SUNCINE

Treinta y tres años. Desde que SUNCINE abrió por primera vez esta ventana hemos intentado mirar el planeta a través del cine para que otros pudieran mirar con nosotros.

Por esa pantalla han pasado miles de historias: bosques arrasados, océanos contaminados, especies desapareciendo, comunidades expulsadas de sus tierras, glaciares retrocediendo. Personas obligadas a abandonar sus hogares porque desaparece el agua, porque ya no pueden
cultivar, porque el hambre se suma a la violencia, a la pobreza y a los conflictos.

Y mientras tanto hemos aprendido un nuevo vocabulario. Olas de calor. Noches tropicales. Refugios climáticos. Sequías extremas. Megaincendios. Fenómenos meteorológicos cada vez más violentos. Palabras que hace algunas décadas pertenecían casi exclusivamente a científicos y especialistas forman hoy parte de nuestras conversaciones cotidianas.

El calentamiento ha dejado incluso de ser noticia. La noticia empieza a ser que un día de verano tenga las temperaturas que hace apenas unos años considerábamos normales.

Y entonces me ocurre algo que no me avergüenza reconocer. Me pregunto para qué seguimos haciendo este festival. Después de más de treinta años alertando, mostrando, explicando, sensibilizando, educando y poniendo imágenes allí donde muchas veces solo había cifras, tengo
algunas veces la sensación de vivir atrapado en nuestro particular Día de la Marmota. Otra película. Otra denuncia. Otro incendio. Otra inundación. Otra especie amenazada. Otra comunidad desplazada. Otra cumbre internacional. Otra promesa. Otra vez empezar.

Y no pienso gastar demasiadas energías discutiendo con quienes todavía necesitan debatir si lo evidente existe. A estas alturas prefiero dedicar esas energías a quienes quieren construir.

Porque entonces recuerdo algo fundamental. En todos estos años he visto miles de películas ambientales y, contrariamente a lo que algunos creen, la inmensa mayoría no hablaban solamente de catástrofes. Buscaban salidas. He visto películas capaces de viajar hasta el lugar más
pequeño del planeta para encontrar una experiencia que funcionaba y preguntarse si podía reproducirse en otros lugares.

He conocido agricultores recuperando sus suelos, científicos protegiendo especies que parecían condenadas, comunidades defendiendo sus bosques, pueblos recuperando el agua, mujeres sosteniendo territorios enteros, jóvenes imaginando otra manera de producir y consumir. He hablado con directoras y directores, productores, programadores, activistas, estudiantes y espectadores de decenas de países.

Y hay algo que casi todos tenían en común. Esperanza. Incluso aquellos que habían filmado los escenarios más terribles eran incapaces de resignarse. Sudaban esperanza.

Quizá por eso seguimos aquí. Porque un festival como SUNCINE nunca fue solamente una sucesión de películas. Es un lugar donde se encuentran personas que todavía creen que cambiar las cosas es posible. Un lugar donde la cultura y la educación se convierten en herramientas de transformación. Por eso sigo llamando a las puertas de las instituciones. A veces demasiadas veces.

Y sí, confieso que en ocasiones resulta desesperante comprobar cómo algunas administraciones son capaces de pronunciar grandes discursos sobre sostenibilidad mientras todavía les cuesta comprender la extraordinaria dimensión educativa y transformadora que puede tener una película. Una película entrando en un colegio. En un instituto. En una universidad. En un centro cívico. En un barrio. Una película seguida de una conversación puede provocar algo extraordinario: una pregunta. Y una pregunta puede cambiar una conciencia.

Cansancio y determinación renovada 

Por eso cada año, cuando el cansancio me hace pensar que quizá llegó el momento de dejarlo, aparece alguien. Aparece una maestra. Un realizador. Una productora. Un estudiante. Una voluntaria. Una persona que sale de una sala emocionada. Aparecen Francisco, Olivia y tantos
adolescentes hablando del planeta que quieren heredar.

Y entonces me digo: Sí, Claudio, valió la pena. Vale la pena. Porque reconozco en ellos algo que conozco muy bien. La misma energía que tenía entonces cuando imaginé que el cine podía abrir una ventana por donde entrase un poco de luz. Desde entonces he intentado doblarle las astas a unos cuantos molinos. Algunos han caído. Otros, mal que me pese, siguen allí, plantados en mitad de la llanura. Pero también siguen llegando nuevos quijotes. Y esa quizá sea nuestra mayor victoria.

Este año esa pequeña trinchera cultural tendrá nuevamente una casa muy especial: Calafell. Una pequeña ciudad de Catalunya con un gran corazón que nos abrió sus puertas y decidió hacer suyo este festival. Desde allí, y también desde Barcelona y desde CaixaForum+, nuestra
ventana digital hacia toda España, volveremos a lanzar al mundo películas, conversaciones, preguntas y emociones.

Puede parecer una contradicción hermosa: desde una ciudad mediterránea relativamente pequeña intentar hablarle al planeta. A mí me parece exactamente lo contrario. Me parece una declaración de principios. Porque las transformaciones más importantes casi nunca empiezan desde arriba. Empiezan en algún lugar. En una escuela. En una plaza. En una sala de cine. En un pequeño pueblo. En la decisión de una persona.

Alguien podría preguntarme entonces qué significa hoy SUNCINE. Después de treinta y tres ediciones podría responder con fechas, cifras, premios, películas, países o nombres ilustres. Pero mi respuesta sería mucho más sencilla. SUNCINE es un lugar donde la gente que quiere
cambiar las cosas se encuentra. Y necesitamos encontrarnos.

Especialmente ahora. En tiempos en los que derechos que creíamos conquistados vuelven a discutirse; cuando todavía tenemos que reivindicar el derecho a una vivienda digna, a un trabajo digno, a una sanidad digna,
a una educación y a un planeta habitable.

En un mundo polarizado donde el odio se ha convertido en un extraordinario negocio y existen quienes llenan sus bolsillos gracias al miedo, al dolor, a la división, a la guerra y a la barbarie, defender la cultura también es resistir. Defender la educación es resistir. Defender la ciencia es resistir. Defender la naturaleza es resistir. Hacer una película también puede ser resistir. Sentarse en una sala para verla, escuchar al otro y salir de allí pensando de manera diferente también puede serlo.

Huella

Este año hemos elegido una palabra para definirnos: huella. Durante mucho tiempo nos enseñaron a asociarla casi exclusivamente con algo negativo. Huella ecológica. Huella de carbono. La marca que dejamos cuando consumimos, viajamos, producimos o simplemente habitamos este planeta. Parecía que toda huella humana llevaba inevitablemente asociada una destrucción.

Pero no. Hay otras huellas. También dejaron huella quienes plantaron un bosque. Quienes consiguieron recuperar un río. Quienes salvaron una especie. Quienes enseñaron a un niño a amar la naturaleza. Quienes hicieron una película y cambiaron la manera de mirar de miles de personas. Quienes defendieron su territorio incluso cuando hacerlo significaba poner en riesgo su propia vida. Berta. Paulo. Aldo. Y tantos otras y otros cuyos nombres quizá nunca conozcamos. Sobre algunas huellas crece la destrucción. Sobre otras crecen árboles. Crece conocimiento. Crece cultura. Crece alegría. Crece solidaridad. Crece amor. Crece esperanza.

Esta es la huella que quiero dejar. Esta es la huella que durante treinta y tres años han ido dejando conmigo miles de cineastas, artistas, trabajadores, voluntarios, instituciones, escuelas, espectadores y personas que decidieron no resignarse. No hemos ganado todas las batallas.
Ni mucho menos. Nos hemos equivocado. Nos hemos cansado. A veces hemos estado a punto de tirar la toalla.

Pero aquí estamos. Y mientras haya una pantalla que encender, una historia que contar, una niña o un joven dispuesto a mirar, una comunidad que defender, un árbol que plantar, una injusticia que denunciar o una solución que compartir, aquí seguiremos.

No quiero terminar esta columna pidiendo que salven el planeta. El planeta lleva millones de años aquí y probablemente continuará cuando nosotros ya no estemos. Quiero pedir algo mucho más cercano: que no renunciemos a nosotros mismos. Que no entreguemos a quienes comercian con el odio el mundo que otros defendieron con su vida. Que nos encontremos. Que miremos. Que escuchemos. Que actuemos. Que hagamos ruido. Que hagamos cine. Que hagamos cultura. Que hagamos comunidad. Que dejemos de esperar a que alguien venga a cambiar las cosas por nosotros.

De la emoción a la acción

Desde Calafell, Catalunya, desde SUNCINE, desde esta pequeña trinchera levantada hace más de tres décadas, volvemos a abrir la ventana. Entren. Miren estas películas. Déjense incomodar. Déjense emocionar. Contágiense.

Claudio Lauria es fundador y presidente de SUNCINE.

Y después salgan ahí fuera y hagan algo. Grande o pequeño. No importa. Porque millones de pequeños gestos también pueden convertirse en una fuerza extraordinaria.

Algunos dejaron sobre la Tierra cicatrices. Otros decidieron dejar caminos. Nosotros hemos elegido cuál queremos que sea la nuestra.

Ahora elijan ustedes. Dejen su huella.

 

Claudio Lauria es fundador y presidente de SUNCINE.

 

 

SUNCINE

 


 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.

 

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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».