Grandes incendios, simultáneos, que se desarrollan bajo condiciones de temperaturas récord y vientos erráticos, que afectan a poblaciones o zonas de interfaz urbano forestal parece ser la nueva normalidad.
Todos estos incendios arrojan imágenes satelitales dantescas: han logrado cubrir de humo el hemisferio norte, convirtiéndose en algunos casos en pirocumulonimbos, algo absolutamente sin precedentes.
A pesar de que la comunidad técnica y científica lleva años avisando sobre este escenario que ahora se confirma, estos episodios alarman y sorprenden a la ciudadanía a partes iguales, mientras muchos políticos los atribuyen a una consecuencia inevitable del cambio climático frente a la que poco podemos hacer, eludiendo su responsabilidad para mitigarlos.
Es cierto que estos incendios están claramente vinculados al cambio climático
La combinación de olas de calor prolongadas, sequías acumuladas y baja humedad unida a una vegetación muy seca y bosques decaídos está propiciando incendios excepcionales en zonas libres de incendios hasta ahora, como la región ártica.
Y también, eventos extremos, de una virulencia nunca antes vista están sucediendo cada vez con más frecuencia en Europa, Chile, Australia o California.
A escala mundial, la cifra de muertes por incendios se ha incrementado un 276 % en los últimos años.
El reciente 6º informe de situación del IPCC no ha dejado lugar a dudas.
Sin embargo, si bien el cambio climático favorece las condiciones perfectas para alimentar a estos súper incendios, hay más factores que han transformado los incendios en un grave problema de emergencia social en todo el arco mediterráneo.
Causas estructurales arrastradas tras décadas de abandono: éxodo rural, abandono de usos, escasa gestión forestal, construcciones en el monte sin medidas de autoprotección y nefastas políticas forestales y de desarrollo rural que ni fijan población ni crean empleo.
Problemas, que junto a la alta siniestralidad y la altísima intencionalidad hacen del paisaje mediterráneo un cóctel explosivo.
Frente a este escenario sabemos varias cosas:
Uno: las olas de calor serán más frecuentes, largas y severas por lo que este tipo de eventos tenderán a hacerse más habituales. Urge actuar.
Dos: no hay sistema de extinción capaz de abordar estos incendios extremos porque son inapagables.
Tres: sabemos cómo mitigar estos desastres.
No podemos evitar los incendios, pero si, que ardan de forma tan incontrolada y peligrosa con daños extremos sobre los ecosistemas y las poblaciones.
Para ello hay que invertir y apostar por paisajes cortafuegos, menos inflamables.
Recuperar usos y aprovechamientos, ganadería extensiva, gestión forestal, paisajes vivos y rentables.
Necesitamos una clara acción política y e inversiones públicas y privadas para recuperar nuestros paisajes, y los fondos europeos a través de la Política Agraria Común y del Mecanismo Europeo de Recuperación y Resiliencia son una primera y rápida oportunidad.
Debemos configurar un nuevo paisaje contra los incendios, ¿o vamos a esperar en España a que se desate el desastre, con víctimas mortales incluidas para actuar?
Está en nuestras manos, ¿a qué esperamos para dejar de jugar a la ruleta rusa?
(*) Lourdes Hernández es experta en incendios forestales de WWF.

Campaña de firmas Stop Planeta en llamas
Foto principal: EFE/Eliseo Trigo
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