Me gusta cómo miran las libélulas. En mi tierra las llamamos pitijopos.
Sus enormes ojos compuestos están formados por miles de omatidios, diminutas unidades visuales orientadas en direcciones ligeramente diferentes. Cada una capta una fracción del entorno y juntas proporcionan un campo de visión extraordinariamente amplio y una excepcional sensibilidad al movimiento.
La libélula no contempla el mundo desde un único punto de vista. Su visión emerge de la integración de muchas señales parciales.
Quizá nosotros también debamos aprender a mirar así, especialmente al mar.
Porque el mar es, ante todo, un sistema de interdependencias. Conecta clima y energía, biodiversidad y alimentos, comercio y seguridad, tecnología y comunidades. En las costas, donde tierra y mar se encuentran, esas relaciones se vuelven particularmente visibles.
Una costa nunca es solo una línea en un mapa. Es una frontera móvil entre procesos naturales y humanos, entre escalas locales y planetarias, entre aquello que hemos heredado y aquello que todavía podemos decidir.
Comprenderla exige una mirada compuesta.
Durante siglos, observar el océano fue una ardua tarea. Su inmensidad, dinamismo y profundidad reducían nuestra mirada a las costas, los barcos y algunos instrumentos dispersos. Hoy hemos multiplicado los puntos de observación: satélites, boyas, radares, hidrófonos y vehículos autónomos observan el océano desde la superficie hasta las profundidades.
La inteligencia artificial y la supercomputación permiten integrar enormes flujos de información, reconocer patrones y explorar escenarios que hasta hace poco resultaban difíciles de imaginar.
Nunca habíamos visto tanto.
Y, sin embargo, seguimos comprendiendo solo una pequeña parte.
El décimo Informe sobre el Estado del Océano de Copernicus ofrece una medida de la transformación que intentamos comprender. En 2025, el contenido de calor del océano aumentó en unos 23 zettajulios, una cantidad de energía equivalente a casi cuarenta veces el consumo anual de energía primaria de la humanidad. En el Mediterráneo, 2024 registró el mayor número de días de ola de calor marina de las últimas dos décadas. Desde 1982, sus aguas superficiales se han calentado aproximadamente 0,32 °C por década.
Las cifras ayudan a medir la magnitud del cambio. Pero una cifra, por sí sola, difícilmente permite imaginar lo que significa para un ecosistema, una temporada de pesca, una ciudad costera o una playa que retrocede.
Necesitamos algo parecido a un enorme ojo compuesto sobre el océano.
Europa acaba de convertir esa ambición en estrategia. OceanEye aspira a situar a la Unión Europea como principal proveedor mundial de inteligencia oceánica en 2035. Pero ningún país, sensor o satélite puede observar por sí solo un sistema planetario.
El Sistema Mundial de Observación de los Océanos (GOOS), liderado por la Comisión Oceanográfica Intergubernamental de la UNESCO, coordina alrededor de 120.000 observaciones diarias procedentes de unas 8.000 plataformas operadas por 64 países.
En 2026, además, la Unión Europea y Canadá impulsaron la Alianza Internacional OceanEye, con 31 miembros y compromisos de unos 220 millones de euros, para fortalecer esa capacidad global de observación.
Estamos aprendiendo a observar juntos.
Y, aun así, la cuestión de fondo no es cuántos ojos consigamos desplegar sobre el mar, sino qué seremos capaces de comprender cuando aprendamos a conectar lo que todos ellos perciben.
Porque ver no es comprender. Y comprender no es todavía saber qué hacer.
Entre el dato y la decisión existe un espacio decisivo: la inteligencia.
La inteligencia oceánica no consiste simplemente en acumular información. Su valor reside en relacionarla e interpretarla, en transformar observaciones dispersas en conocimiento, el conocimiento en capacidad de anticipación y la anticipación en mejores decisiones.
Anticipar no significa predecir el futuro con certeza. Significa explorar futuros posibles para preservar nuestra capacidad de elegir entre ellos.
Pocas geografías muestran mejor la urgencia de hacerlo que nuestras costas.
Según el IPCC, alrededor de 900 millones de personas viven en zonas costeras de baja elevación, y más de mil millones podrían estar expuestas a peligros costeros en 2050.
Mientras tanto, el ritmo medio de aumento del nivel del mar se ha más que duplicado desde el comienzo de las observaciones por satélite, pasando de unos 2,1 milímetros anuales entre 1993 y 2002 a 4,7 entre 2015 y 2024.
Parecen apenas milímetros.
Pero los milímetros se acumulan.
En una costa terminan convirtiéndose en inundaciones, erosión, intrusión salina en los acuíferos, pérdida de ecosistemas, infraestructuras expuestas y decisiones sobre dónde construir, qué proteger, qué restaurar o cómo seguir viviendo en zonas en riesgo.
También amenazan aquello que difícilmente expresamos en balances económicos: memoria, identidad, patrimonio y cultura. En el Mediterráneo, incluso algunos lugares declarados Patrimonio de la Humanidad, que creíamos destinados a perdurar, están ya expuestos a la erosión y a las inundaciones costeras.
La costa es uno de los lugares donde los grandes procesos del planeta se convierten en decisiones humanas.
El océano forma parte de la arquitectura climática del planeta y no cambia de manera aislada. El Planetary Health Check 2026 muestra que siete de los nueve límites planetarios están ya sobrepasados. La acidificación del océano se convirtió en 2025 en el séptimo.
No son procesos independientes, sino expresiones de un sistema terrestre en el que clima, biodiversidad, agua, suelos, ciclos biogeoquímicos y océano interactúan.
La naturaleza no conoce nuestras categorías.
Una corriente marina no distingue entre disciplinas científicas. Una especie migratoria no conoce límites administrativos. Una tormenta no separa urbanismo, economía y ecología.
Nuestros problemas no están fragmentados. Nuestra forma de conocerlos, con demasiada frecuencia, sí.
Hemos construido una civilización capaz de producir conocimiento especializado. Podemos medir más, calcular más y modelizar mejor que en ningún otro momento de nuestra historia y, aun así, seguir sin comprender las relaciones entre las cosas.
El verdadero desafío de la inteligencia no es acumular conocimiento, sino aprender a relacionar aquello que sabemos.
La inteligencia artificial puede ayudarnos. Puede reconocer patrones, explorar escenarios e identificar relaciones en volúmenes de información que ninguna mente humana podría procesar por sí sola. Pero sería un error confundir capacidad de cálculo con comprensión.
Un modelo no es el mundo.
Un algoritmo puede mostrarnos futuros posibles, pero no decidir por nosotros cuál queremos construir. No puede determinar qué merece ser protegido, qué riesgos estamos dispuestos a asumir ni qué entendemos por prosperidad.
La tecnología puede ampliar nuestra mirada, pero no puede sustituir nuestra responsabilidad.
Por eso, la inteligencia que necesitaremos no será únicamente artificial. Tendrá que ser también colectiva.
Científicos, empresas, administraciones, sectores productivos y comunidades costeras contemplan dimensiones diferentes de una misma realidad. Ninguna mirada contiene por sí sola la imagen completa.
Como los omatidios de una libélula.
La clave está en conectar nuestras distintas formas de conocer. Hacer que el conocimiento científico dialogue con la experiencia del territorio, que los datos, amplificados por la tecnología, se conviertan en comprensión útil y que actores acostumbrados a trabajar por separado puedan reconocerse como partes de un mismo sistema.
Ahí reside una de las grandes oportunidades de nuestras comunidades costeras: dejar de concebirse únicamente como lugares expuestos a los cambios del océano y reconocerse también como espacios desde los que anticiparlos, ensayar soluciones y construir nuevas formas de prosperidad compartida entre las personas y la naturaleza.
Hay algo más que aprender de la libélula.
Los omatidios de un pitijopo no ven. Captan señales.
La visión emerge cuando su sistema nervioso procesa e integra esa multitud de señales parciales hasta convertirlas en una representación coherente del mundo.
Nosotros acabamos de desplegar miles de nuevos ojos sobre el océano.
Pero multiplicar los ojos no basta. Los sensores no son inteligencia. Los datos tampoco.

La inteligencia comienza cuando somos capaces de conectar lo que perciben, comprender lo que significa y decidir qué hacer con aquello que hemos aprendido.
La pregunta ya no es cuánto más conseguiremos ver.
Es si aprenderemos a comprender, a tiempo, el mundo que está cambiando ante nuestros ojos.
María Gálvez del Castillo Luna es oceanógrafa y ambientóloga. Fundadora y CEO de Smart Blue Lab y embajadora del Pacto Climático Europeo.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.
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