© EFE IA
© EFE IA

Ya vi esta película de la IA y sé cómo acaba. Por Marcos Rupérez

Enlace copiado

¿Te has lanzado alguna vez a algo nuevo, deslumbrado por lo que era capaz de hacer, sin pararte ni un segundo a preguntarte si de verdad lo querías? A mí me pasó con el hidrógeno verde. Y me está volviendo a pasar, esta vez viéndolo desde fuera, con la inteligencia artificial.

Estudié ingeniería industrial y después hice un máster entero en hidrógeno verde en Dinamarca. No recuerdo haberme parado a preguntarme si aquello era lo que yo quería para la transición energética. Me deslumbró la idea: un gas que se fabrica con electricidad limpia, que se guarda, se transporta, se quema cuando hace falta, la pieza que le faltaba al puzle.

Pasé años trabajando en proyectos reales, un vehículo con pila de combustible, el sistema energético de un velero que dio la vuelta al mundo. Ni yo ni casi nadie a mi alrededor se preguntó si aquello resolvía algo de verdad o si solo era una manera nueva de no aceptar que la energía tiene límites.

Porque eso era, en el fondo, el hidrógeno verde: un intento de seguir sin fósiles sin renunciar a nada, en lugar de asumir que la energía —toda la energía, la de antes y la que viene después— tiene un límite que quizás no podemos saltarnos.

No nos hicimos la pregunta incómoda: ¿queremos de verdad seguir con el mismo consumo, la misma velocidad, la misma expansión, solo que alimentada con otro combustible? Nos lanzamos a la tecnología que prometía que sí se podía, antes de comprobarlo.

Hoy veo lo mismo con la inteligencia artificial, aunque cambie la tecnología. La estoy usando ahora mismo, mientras escribo esto. Y lo que veo, en mí y en la gente de mi alrededor, es que casi nadie se para a preguntarse si de verdad la quiere así, en esta cantidad, a este ritmo.

Nos maravilla lo que es capaz de hacer, y esa fascinación por la complejidad —por lo que un ser humano ha sido capaz de crear— nos empuja a meterla en todo, sin filtro, antes incluso de decidir si nos conviene.

Y ahí está lo que de verdad me preocupa. No es que la IA nos quite el trabajo ni que nos vuelva más torpes. Es que nos esclaviza de una manera más sutil. Como es capaz de hacer tantísimas cosas, las hacemos todas.

Contestamos más, generamos más, resolvemos más tareas en menos tiempo. Y ese tiempo que gana la máquina no se convierte en más tiempo para lo importante. Se convierte en más cosas hechas, sin más.

La familia y los amigos no ganan ese hueco. Lo gana la siguiente tarea que la herramienta permite abarcar.

Lo veo en gente que no tiene nada que ver con laboratorios de inteligencia artificial. Conozco autónomos y pequeños negocios que han metido una herramienta de IA en cada rincón de su día a día —atención al cliente, redes sociales, presupuestos— no porque se hayan parado a decidir que eso les hace vivir mejor, sino porque la herramienta lo permite y no usarla se siente como quedarse atrás. Nadie les preguntó si querían un negocio, o una vida, funcionando a ese ritmo. Simplemente empezaron a funcionar así, porque ahora podían.

Nos han contado que la tecnología nos iba a liberar. Yo creo que hace justo lo contrario: nos ata a hacer todo lo que es capaz de hacer, en vez de dejarnos parar a decidir qué merece la pena hacer. Cuanto más puede una herramienta, menos nos preguntamos si queremos usarla para eso. Simplemente la usamos, porque está ahí y porque puede.

Es el mismo error que cometimos con el hidrógeno, solo que a otra escala: en vez de aceptar que hay límites —de energía entonces, de tiempo y atención ahora— buscamos la tecnología que promete que no hace falta aceptarlos.

Y cuanto más compleja y capaz es esa tecnología, más nos maravillamos con ella, más nos recreamos en lo que como especie somos capaces de crear, y menos nos paramos a preguntarnos si el camino al que nos lleva tanta complejidad merece la pena.

Marcos Rupérez es ingeniero industrial especializado en hidrógeno y autor del libro Cuando lo material fracasa.

Es justo lo que cuento en mi libro, Cuando lo material fracasa: casi nunca nos preguntamos, ni como personas ni como civilización, si el sitio al que nos lleva tanta complejidad es un sitio que de verdad queremos.

No sé cómo va a acabar esto de la inteligencia artificial. Pero ya vi esta película con el hidrógeno, y sé cómo empieza: maravillándonos con lo que una tecnología puede hacer, antes de haber decidido si es lo que queremos que haga.

La pregunta no es si la inteligencia artificial es buena o mala. Es si alguna vez nos paramos a decidir cuánta queremos, para qué, y a costa de qué.

 

 

Marcos Rupérez es ingeniero industrial especializado en hidrógeno y autor del libro Cuando lo material fracasa.

 

 


 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.

 

Otras tribunas de Creadores de Opinión Verde (#CDO)

Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».