El ruido antropogénico, o la contaminación acústica del mar. Por (*) Carol Portabella (FPA2)

Publicado por: Redacción EFEverde 8 de junio, 2022

Es imposible. No podríamos habitar un entorno con un nivel de ruido de media de 95 dB y con picos de hasta 240 dB. Sin embargo, delfines, tortugas, ballenas, focas, calamares, corales y en resumen, toda la fauna marina, se enfrenta cada día y cada noche a este nivel insoportable de contaminación acústica. 

Debajo del mar, cada vez es más difícil escuchar el sonido de las olas, la lluvia, las corrientes, las erupciones submarinas, incluso del viento, que junto con el sonido de la vida marina, como los chasquidos del delfín identificando una forma o un movimiento, los silbidos de las ballenas llamando a una compañera, los crujidos de las tortugas señalando a sus crías el camino mar adentro, los aleteos de los peces en sus pectorales alertando a la bandada de un peligro, o las palmadas de las focas ahuyentando competidores, dibujan un universo acústico que ha preservado durante millones de años la vida marina, y por lo tanto la terrestre. El trabajo de la Fundación Meri para registrar e identificar sonidos nos muestra que a cada especie le corresponde una frecuencia distinta, y también para poder “dibujar” sonidos de algunos cetáceos no audibles para el oído humano.

Este mapa sonoro resulta clave para la supervivencia en un mundo subacuático donde los colores desaparecen a partir de los 30 metros de profundidad y donde la luz se apaga por debajo de los 100 metros. De todos estos sonidos dependen los patrones de alimentación, reproducción, seguridad, sociabilidad y migración de los habitantes de nuestros mares y océano. El estudio Quiet Sea dirigido por el profesor Herve Glotin y financiado por la Fundación FPA2 ha podido comprobar los efectos de la disminución del ruido antropogénico durante la pandemia, como el regreso de muchas especies a las zonas costeras, y la recuperación de patrones de comportamiento.

Contaminación acústica

Porque ese mapa sonoro se ve difuminado, alterado, e incluso borrado por el ruido, cuya intensidad se duplica cada 10 años, de las plataformas petrolíferas, los barcos, las construcciones de estructuras, los sonar, las tuberías, las perforaciones, incluso los ruidos provocados para alejar a los cetáceos de las piscifactorías. 

Los expertos alertan que nadie oirá la llamada de una ballena Barbada, que aunque es capaz de alcanzar más de 100 km de distancia, en su frecuencia de entre 20 a 300 Hz, quedará enmudecida bajo el ruido de una embarcación, que puede llegar a 500 Hz. Un cachalote, capaz de bucear hasta una profundidad de 200 metros durante 40 minutos, al regresar a la superficie la cacofonía dominante no le permitirá identificar la presencia de un navío y no podrá evitar la colisión, muchas veces mortal. Un delfín querrá huir de estos ataques acústicos, y desorientado acabará varado en una playa. Las tortugas quedan sordas durante horas, días o incluso permanentemente, condenadas ellas también a morir. 

Las consecuencias de la contaminación acústica son mortales en muchos casos, pero no solo por el ruido en sí mismo, sino por las ondas sónicas que generan y que son similares a las de una explosión. Y es que tal y como señala el biólogo y biotecnólogo Michel Andre, una fuente sonora intensa actúa como una bomba, cuyas ondas pueden matar instantáneamente. 

Ruido antropogénico

Dos millones de buques (esta flota se ha multiplicado por 2 en 40 años) operan en actualidad en los océanos, sus hélices cada vez más grandes y potentes producen turbulencias y burbujas cuyas ondas se propagan a una velocidad 5 veces superior a lo que lo haría en la superficie, a 1500 metros por segundo, alcanzando kilómetros de distancia. Invertebrados, crustáceos, calamares, pulpos, gambas, corales…no tienen oídos, pero como concluyen estudios de la Fundación CRAM, sí tienen órganos sensoriales que aseguran su equilibrio, y que son gravementes dañados o destruidos por estas ondas expansivas, por la destrucción de células internas. Estudios de MITECO señalan daños directos a tejidos corporales en mamíferos marinos por aeroembolismos, barotraumas en peces además de contracciones involuntarias y arqueamientos, daños tisulares en invertebrados, alteraciones en las raíces y en los procesos nutricionales de la posidonia oceánica…. 

En el mismo sentido la bióloga marina Camila Ahrendt alerta sobre los efectos de las ondas expansivas de los sonares tácticos militares, quizás las más potentes bajo el agua junto con las de los cañones de aire comprimido usados para la prospección de suelo marino, que alcanzan los 240 Hz, que además de provocar la heridas, hemorragia o muerte instantánea también obligan a grandes cetáceos a abandonar su hábitat natural, como la ballena gris en la costa de Estados Unidos.

El derecho Internacional alienta soluciones que mitiguen el problema, como la ampliación de las zonas protegidas, AMP, parques marinos, reservas marinas, zonas de migración como el recientemente creado corredor de cetáceos del Mediterráneo. También se contemplan implementar la normativa como por ejemplo aislando las salas de máquinas de los buques, o adoptando un sistema  acústico pasivo de alerta de presencia de cetáceos que permita reducir la velocidad de navegación, o interrumpir los trabajos de prospección, como lo es el WACS creado por Michel Andre y ya utilizado por petroleros, operadores de parques eólicos marinos, y algunas pocas compañías de transporte. En este sentido la Fundación FPA2 colabora con la Fundación Sounds of Silence para seguir analizando el mapa sonoro y aportando soluciones al grave problema que suponen los sonidos antropogénicos en el mundo marino.

(*) Carol Portabella es Presidenta de la Fundación Principe Alberto II de Mónaco en España

FPA2


Creadores de Opinión Verde #CDO es un blog colectivo coordinado por Arturo Larena, director de Medio Ambiente y Ciencia en EFEnoticias y de EFEverde

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