La entrada en vigor del Real Decreto 315/2025, por el que se establecen normas para el fomento de una alimentación saludable y sostenible en los centros educativos, marca un punto de inflexión en la manera en que entendemos la alimentación escolar en España.
La norma, que desarrolla la Ley de seguridad alimentaria y nutrición, introduce criterios claros sobre la calidad de los menús, priorizando la fruta fresca, las legumbres y los alimentos poco procesados y limitando de forma significativa la bollería industrial, los azúcares añadidos y los ultraprocesados.
Se trata de un avance relevante en términos de salud pública. Los datos sobre obesidad y sobrepeso infantil llevan años alertando de la necesidad de intervenir de forma estructural en los entornos donde se consolidan los hábitos alimentarios.
El comedor escolar, donde muchos niños y niñas consumen al menos una comida principal de lunes a viernes, es uno de esos espacios clave para promover una alimentación equilibrada y de calidad, con especial atención a los colectivos más vulnerables.
El debate alrededor del real decreto se ha centrado, con razón, en los retos prácticos de su aplicación: la adaptación de los centros, la aceptación de los nuevos menús por parte del alumnado o la importancia de acompañar el cambio con educación nutricional para las familias.
Impacto ambiental
Sin embargo, existe un efecto positivo menos visible que merece ser destacado: el impacto ambiental asociado a esta transformación del modelo alimentario en la escuela.
Cambiar lo que se come también cambia la manera en que se consume. La reducción de bollería industrial y productos ultraprocesados implica, de forma directa, una menor presencia de envases de un solo uso en los comedores escolares.
Muchos de los alimentos que pasan a ser residuales llegaban envueltos en plásticos individuales o embalajes complejos. Por el contrario, los alimentos frescos, de temporada y de proximidad, que el propio real decreto prioriza, requieren menos envoltorios o prescinden de ellos por completo.
Este efecto no siempre ocupa el centro del debate, pero no por ello es menos relevante. Con frecuencia, las políticas públicas diseñadas para dar respuesta a un reto concreto generan beneficios adicionales que no siempre se subrayan en su formulación.
En este caso, una norma orientada a mejorar la salud infantil contribuye también, de forma indirecta, a reducir la generación de residuos, alineándose con los principios de sostenibilidad y economía circular que ya inspiran otras estrategias y marcos normativos estatales.
El comedor escolar no es únicamente un espacio donde se cubren necesidades nutricionales. Es, ante todo, un entorno educativo. En él, los más pequeños aprenden rutinas, referencias y normalizan hábitos que tienden a reproducir fuera del aula.
Incorporar fruta fresca como postre habitual o consumir legumbres con regularidad no es solo una cuestión de paladar, sino también una manera de construir cultura alimentaria y de relación consciente con los recursos.
Desde esta perspectiva, el Real Decreto 315/2025 no solo ordena los menús escolares, sino que refuerza un mensaje más amplio: comer bien forma parte de un estilo de vida saludable y consciente, con implicaciones que van más allá del plato y alcanzan también a la forma en que consumimos y gestionamos los recursos.
Entorno familiar
El propio decreto recuerda, además, que el comedor escolar representa solo una parte de la alimentación semanal del alumnado. Desayunos, meriendas, cenas y fines de semana dependen en gran medida del entorno familiar, un espacio clave para que los hábitos adquiridos en la escuela se consoliden o, por el contrario, se diluyan.
En el ámbito doméstico reaparecen con frecuencia productos ultraprocesados y envases desechables, no tanto por desinterés como por la dificultad real de sostener rutinas saludables y responsables en el día a día sin contar con alternativas sencillas.

Consolidar el cambio iniciado en los comedores escolares implica facilitar que las familias puedan prolongarlo fuera del centro educativo. Comer de forma saludable y reducir residuos no son objetivos incompatibles: pueden reforzarse mutuamente mediante pequeños gestos cotidianos que transforman una norma en un hábito.
El nuevo marco normativo ha puesto el foco donde era necesario. Ahora existe la oportunidad de ampliar la mirada y entender la alimentación escolar como una palanca de cambio que incide tanto en la salud infantil como en la relación con el entorno.
Cuando mejorar los menús se acompaña de hábitos de consumo más conscientes, la escuela se convierte en el punto de partida de un cambio que perdura.
Meritxell Hernández es cofundadora y CEO de Roll’eat.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.
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