El hambre en el mundo está disminuyendo. Sabemos cómo mantener esta tendencia. Por Máximo Torero (FAO)

En medio de la sucesión de malas noticias que llegan de todo el mundo, hay un dato que merece atención: el hambre volvió a disminuir en 2025.

Por tercer año consecutivo, disminuyó el número de personas que padecen hambre crónica. La cifra total se ha reducido a unos 645 millones, 14 millones menos que en 2024 y 43 millones menos que la cifra máxima, registrada en 2022.

Entre 2024 y 2025, la inseguridad alimentaria moderada o grave se ha reducido en 86 millones, hasta situarse en 2 100 millones.

Esta cifra sigue representando un profundo fracaso colectivo. Sin embargo, este descenso pone en tela de juicio la idea fatalista de que los conflictos, el cambio climático y la inestabilidad económica hacen inevitable el aumento del hambre.

Cuando los gobiernos armonizan la protección social, la inversión agrícola y la política económica, pueden invertir la tendencia.

Avances frágiles en África

En la actualidad, el hambre en Asia ha descendido un 25 % con respecto a 2015. América Latina y el Caribe también se ha situado por debajo de la tasa registrada hace un decenio. En África, la tasa descendió por primera vez en casi un decenio, desde el 20,3 % de 2024 hasta el 20 % de 2025.

Los avances logrados en África son frágiles. El rápido crecimiento demográfico mantuvo el número de personas que padecen hambre en torno a los 309 millones. No obstante, incluso este pequeño cambio de tendencia es significativo, sobre todo porque la ayuda bilateral al desarrollo destinada al África subsahariana se redujo un 26,3 % en 2025 y se prevé que vuelva a disminuir este año.

Los países que han logrado mayores avances no ofrecen una fórmula única, pero sí una lección común.

La India redujo el hambre del 21,1 % a mediados del decenio de 2000 al 9,8 %; el Perú, del 17,9 % al 5,7 %; Rwanda, del 31,8 % al 22,6 % y el Senegal, del 15,8 % al 5,3 %.

Brasil, Chile, la República Dominicana y Guyana registran ahora tasas inferiores al 2,5 %.

Sus historias difieren, pero sus decisiones comparten una serie de características clave: una protección social que preserva el poder adquisitivo; inversiones que aumentan la productividad agrícola; carreteras rurales, sistemas de riego e infraestructura de mercado y políticas que conectan a los agricultores en pequeña escala con los mercados alimentarios en expansión.

El hambre disminuye cuando estas políticas se refuerzan mutuamente.

El peligro es que los gobiernos interpreten estos tres años de mejoras como una licencia para dar marcha atrás.

Riesgos por Ormuz, la energía y El Niño

El conflicto en Oriente Medio y las perturbaciones en el estrecho de Ormuz ya están provocando un aumento de los costos de la energía, los fertilizantes y el transporte. El estrecho es fundamental no solo para el petróleo y el gas natural licuado, sino también para el azufre, los fertilizantes y otros insumos agrícolas.

Las decisiones que se tomen a partir de ahora podrían determinar si esta perturbación desemboca en una crisis mucho más grave de los precios de los alimentos en un plazo de seis a 12 meses.

El clima es la segunda amenaza. El Niño se está intensificando y hay una probabilidad del 81 % de que se convierta en un fenómeno muy intenso a finales de este año.

Ello no implica necesariamente que vaya a haber pérdidas de cosechas, pero aumenta las probabilidades de que se produzcan patrones de calor y regímenes de lluvias perjudiciales en las principales regiones productoras.

La tercera amenaza es que se recorte aún más la financiación humanitaria y para el desarrollo precisamente cuando más necesidad tienen los países vulnerables de fortalecer su resiliencia.

Los recortes en la ayuda no hacen que los costos desaparezcan, sino que los transfieren a los gobiernos importadores de alimentos, a las agencias humanitarias y a los hogares que ya dedican la mayor parte de sus ingresos a la alimentación.

Sin embargo, prevenir el hambre solo es la primera prueba que hay que superar. El desafío más difícil es lograr que las personas se alimenten bien.

Nutrientes caros, calorías baratas

Alrededor de 2 690 millones de personas (aproximadamente un tercio de la humanidad) siguen sin poder permitirse una alimentación saludable. En África, la proporción es del 66,6 %. Las calorías por sí solas no bastan.

Una alimentación que prevenga el hambre no previene necesariamente la anemia, el retraso del crecimiento infantil, la obesidad o la diabetes.

La explicación es de carácter económico. Los alimentos básicos amiláceos aportan aproximadamente la mitad de las calorías de una dieta saludable, pero solo representan el 13 % de su costo.

Las frutas y verduras aportan aproximadamente el 5 % de las calorías, pero suponen el 16 % del costo. Los alimentos de origen animal aportan el 13 % de las calorías, pero representan el 28 % del presupuesto destinado a la alimentación.

Las calorías son relativamente baratas; los nutrientes, caros.

Gran parte de ese gasto se acumula una vez que los alimentos salen de la granja.

Dieta saludable, reto pendiente

Un nuevo análisis realizado para el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2026 indica que entre el 70 % y el 75 % del costo de una dieta saludable se deriva del almacenamiento, el procesamiento, el transporte, la venta al por mayor y al por menor.

Las carreteras en mal estado, las instalaciones inadecuadas de almacenamiento frigorífico, la falta de suministro eléctrico fiable y las pérdidas posteriores a la cosecha convierten los productos nutritivos perecederos en artículos de lujo.

Este análisis debería cambiar la forma en que los gobiernos invierten sus fondos. En la actualidad, destinan entre 540.000 y 635.000 millones de USD al año a ayudas agrícolas, gran parte de las cuales se concentran en unos pocos productos básicos.

Subvencionar únicamente los productos básicos puede restar tierras e inversiones al cultivo de frutas, verduras y otros alimentos ricos en nutrientes.

Los gobiernos deberían reorientar una mayor parte de las ayudas hacia la productividad hortícola, las cadenas de frío, el riego, las carreteras rurales, el almacenamiento, la energía y mercados competitivos.

También deben seguir el orden adecuado. Ampliar las comidas escolares, los cupones para alimentos u otros programas orientados a la demanda sin que haya un incremento correspondiente de la oferta puede provocar un aumento de los precios.

Las políticas que estimulan la demanda deben ir precedidas o acompañadas de inversiones en las explotaciones agrícolas y las cadenas de suministro.

Estos tres años de descenso del hambre han disipado la duda: el progreso es posible.

La cuestión ahora es si los gobiernos ampliarán las medidas que han demostrado su eficacia antes de que las guerras, las crisis climáticas y los recortes de la financiación echen por tierra esos avances.

GRAF3989. ROMA (ITALIA), 03/04/2026.- El economista jefe de la FAO, el peruano Máximo Torero, durante una entrevista con EFE este viernes en Roma (Italia). El cierre casi completo del estrecho de Ormuz puede provocar una crisis económica más seria que la causada por la covid-19 si la situación se alarga más de dos meses, debido al "efecto cascada" del encarecimiento del precio de los alimentos, según advierte el economista jefe de la FAO, el peruano Máximo Torero. EFE/ Mariana López Alba

El siguiente reto no solo consiste en abaratar las calorías, sino también en hacer asequibles las dietas saludables.

 

 

Máximo Torero es Economista Jefe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

 

 

Logotipo de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)


 

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.

 

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