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Gestión de flotas: Todo va sobre ruedas, también la sostenibilidad. Por Almudena García García

Durante años, la gestión de flotas se entendió en muchas organizaciones como una función casi invisible: necesaria, sí, pero esencialmente administrativa.

Sin embargo, esa mirada ya no sirve. Hoy la flota se ha convertido en un punto de encuentro entre sostenibilidad, eficiencia, tecnología, seguridad, experiencia del empleado y capacidad de adaptación empresarial.

En otras palabras, hablar de flotas ya no es hablar solo de vehículos; es hablar de estrategia.

Esa fue, de hecho, una de las principales conclusiones del workshop “Gestión de flotas. Todo va sobre ruedas”, impulsado por IFMA España. El encuentro puso sobre la mesa una realidad que muchas compañías ya viven en su día a día: la flota impacta de forma directa en el presupuesto, en la operativa, en la fiscalidad, en los compromisos ESG y en la imagen que una organización proyecta hacia dentro y hacia fuera.

La sostenibilidad ocupa un lugar central en esta transformación. Ya no se trata solo de reducir emisiones por obligación normativa o por presión reputacional. Se trata de entender que la movilidad corporativa forma parte del desempeño ambiental real de las empresas y, por tanto, de su credibilidad.

Una compañía no puede defender una agenda climática ambiciosa y, al mismo tiempo, mantener modelos de movilidad ineficientes, opacos o desconectados de sus objetivos de descarbonización.

Electrificar requiere análisis profundo 

Ahora bien, conviene evitar los enfoques simplistas. Electrificar no consiste únicamente en sustituir coches de combustión por coches eléctricos. El propio informe de IFMA España lo deja claro: la transición energética en flotas exige analizar el uso real de cada vehículo, la disponibilidad de recarga, la autonomía necesaria, el tipo de servicio, la dispersión territorial y el perfil del usuario.

Cuando estos factores no se tienen en cuenta, el resultado puede ser decepcionante, incluso contraproducente.

Aquí aparece una de las grandes lecciones del momento actual: la sostenibilidad útil no es la que se proclama, sino la que se diseña bien. Los híbridos enchufables, por ejemplo, pueden ofrecer buenos resultados teóricos, pero si no se cargan de forma sistemática y se utilizan como vehículos convencionales, su desempeño ambiental y económico se resiente.

El problema no es la tecnología, sino la falta de acompañamiento, de infraestructura y de cultura de uso.

Los estudios internacionales van en la misma dirección. La Agencia Internacional de la Energía señala en su Global EV Outlook 2026 que la electrificación del transporte sigue ganando peso a escala mundial y que esta evolución tiene efectos estructurales sobre el consumo energético y las emisiones del sector movilidad.

En paralelo, la Comisión Europea recuerda que las flotas corporativas representan alrededor del 60% de las matriculaciones de coches nuevos en la Unión Europea y hasta el 90% en el caso de las furgonetas, lo que convierte a las empresas en un actor decisivo para acelerar la transición hacia vehículos de cero y bajas emisiones.

Este dato es especialmente relevante porque desplaza el foco del debate. La descarbonización de la movilidad no dependerá solo del consumidor individual. Dependerá, en gran medida, de la capacidad de las organizaciones para renovar sus flotas con criterios inteligentes, de su disposición a invertir en infraestructura y de su voluntad para integrar la movilidad en la estrategia global de sostenibilidad.

Cuando una empresa electrifica con sentido, no solo reduce su huella: ayuda también a dinamizar el mercado de ocasión de vehículos más limpios y a generar una señal de demanda más estable para fabricantes e infraestructuras.

Pero sería ingenuo pensar que el reto se resuelve solo con más presupuesto. El informe de IFMA España insiste en otro aspecto igual de importante: el dato. Sin información fiable sobre kilometraje, patrones de uso, consumos, incidencias, recargas, costes, mantenimiento o emisiones, es imposible tomar decisiones sólidas.

La sostenibilidad, en este terreno, no puede gestionarse a golpe de intuición. Necesita trazabilidad, indicadores comparables y herramientas capaces de conectar contratación, uso, mantenimiento, facturación y reporting.

Gobernar mejor el ecosistema completo 

Por eso, uno de los debates más relevantes ya no es qué vehículo comprar, sino cómo gobernar mejor el ecosistema completo. Muchas empresas han avanzado en digitalización, pero todavía trabajan con plataformas fragmentadas, repositorios manuales y procesos poco integrados.

Esta falta de conexión entre sistemas no solo genera ineficiencias; también limita la capacidad de medir bien y, en consecuencia, de mejorar de verdad.

Existe además un factor que a menudo se subestima: la conducta del usuario. Una flota sostenible no depende únicamente de la tecnología disponible, sino también de las personas que utilizan los vehículos.

Las políticas deben ser claras, la comunicación interna constante y la formación práctica. El vehículo corporativo no puede seguir viéndose como un recurso desconectado de responsabilidades. Repostar o recargar correctamente, comunicar incidencias, cumplir mantenimientos y entender las normas de uso también forma parte de la sostenibilidad.

Este punto enlaza con una idea que, desde la comunicación corporativa, resulta especialmente importante: la transición sostenible necesita relato, pero sobre todo necesita coherencia. Las empresas que mejor gestionen sus flotas no serán necesariamente las que más rápido electrifiquen, sino las que sean capaces de alinear operativa, cultura, tecnología, compras y objetivos ambientales.

La movilidad corporativa sostenible no se improvisa; se lidera.

También por eso las licitaciones han dejado de ser un simple ejercicio de comparación de cuotas. Hoy deben incorporar variables como disponibilidad real de vehículos, servicio al usuario, mantenimiento, red de talleres, flexibilidad, soporte digital, reporting, condiciones de devolución y desempeño ambiental.

Elegir solo por precio puede salir caro si la solución no responde a la realidad operativa de la compañía.

Europa ya se mueve en esa dirección. La Comisión Europea presentó en diciembre de 2025 una propuesta para acelerar la incorporación de vehículos corporativos de cero y bajas emisiones, incluyendo objetivos nacionales a partir de 2030 para nuevas matriculaciones corporativas de grandes empresas.

Además, vinculó esta transición al despliegue de infraestructura de recarga y a la creación de un mercado más accesible de vehículo limpio de segunda mano.

En este contexto, la gestión de flotas se perfila como uno de los grandes laboratorios de la sostenibilidad aplicada. Es un terreno donde las declaraciones se convierten —o no— en decisiones concretas. Donde la innovación se somete a la prueba de la operativa diaria.

Almudena García García es sponsor de la comisión de trabajo de sostenibilidad de IFMA España.

Y donde las empresas tienen la oportunidad de demostrar que la sostenibilidad no es un apéndice del negocio, sino una forma más inteligente de organizarlo.

La conclusión es clara: todo va sobre ruedas cuando la sostenibilidad deja de ser un eslogan y pasa a ser un criterio de gestión.

Las flotas del futuro no serán solo más eléctricas; tendrán que ser también más analíticas, más coordinadas, más pedagógicas y más realistas.

Porque avanzar hacia una movilidad corporativa sostenible no consiste en cambiar un motor por otro, sino en rediseñar el sistema completo con visión, datos y compromiso.

 

Almudena García García es sponsor de la comisión de trabajo de sostenibilidad de IFMA España.

 

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Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFE Verde.

 

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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».