Nací en Sanlúcar de Barrameda, en ese umbral donde el río Guadalquivir se entrega al Atlántico y el horizonte se funde con el verde palpitante de Doñana.
Un paisaje suspendido en el tiempo, como si hubiera sido retenido por la mirada de la pintora Carmen Laffón.
Crecí entre mareas y atardeceres dorados, con el olor a salitre adherido a la piel y el rumor constante de las olas como banda sonora. Aprendí pronto que el mundo no está hecho de compartimentos estancos, sino de relaciones: entre agua y tierra, entre luz y vida, entre naturaleza, economía y sociedad. Todo está conectado. Todo coevoluciona. Hoy la ciencia lo describe como sistemas socioecológicos complejos, donde los límites biofísicos condicionan —y hacen posible— el bienestar y la prosperidad humana.
Siempre me fascinó el mar. Y también las personas. Quizá por eso supe pronto que mi camino estaría ligado a las ciencias. Pero hubo un momento —preciso, irreversible— que transformó esa intuición en propósito.
Balsa minera de Aznalcóllar
En la madrugada del 25 de abril de 1998, la balsa minera de Aznalcóllar se rompió y millones de metros cúbicos de lodos tóxicos avanzaron como una gran marea oscura hacia Doñana. Fue uno de los mayores desastres ambientales de la historia reciente de Europa.
Entonces cursaba secundaria en el IES Doñana. En una asignatura optativa —Ecología y Medio Ambiente— una profesora excepcional nos pidió comprender lo ocurrido y realizar un trabajo para defenderlo en clase.
Durante semanas me sumergí en una búsqueda rigurosa y casi obsesiva de información: periódicos, libros de la biblioteca municipal, informes técnicos, documentales, conversaciones. Incluso pedí ayuda para poder acceder a Internet y obtener datos, que en 1998 era todavía un territorio remoto e inaccesible para la mayoría. Cuanto más avanzaba, más evidente se hacía una verdad incómoda: aquello no era solo una crisis ecológica. Era una fractura sistémica.
El impacto no se detenía en los ecosistemas. Se extendía a la economía, a la salud pública, a la cohesión social. La pesca, la agricultura, el turismo —la identidad misma y el estado de ánimo del territorio— quedaban comprometidos. Comprendí entonces que el medio ambiente no es una variable sectorial, sino la infraestructura biofísica que sostiene todas las demás.
Y, sobre todo, entendí algo que hoy la evidencia científica confirma de forma inequívoca: la supuesta dicotomía entre desarrollo humano y naturaleza es una construcción errónea. No existe tal disyuntiva. La verdadera cuestión es si seremos capaces de prosperar juntos. Porque hacerlo de manera aislada no es solo inviable: es económicamente ineficiente, estratégicamente arriesgado y, en última instancia, insostenible.
Recuperación de Doñana
Décadas después, Doñana vuelve a ofrecernos una lección. Tras un invierno especialmente lluvioso, los humedales han recuperado parte de su funcionalidad ecológica. En enero de 2026 se censaron 385.649 aves acuáticas de 88 especies, una cifra que refleja una recuperación respecto a los mínimos recientes, aunque aún por debajo del máximo histórico registrado en 1989 (684.084 individuos) y de la media de largo plazo.
Los humedales no son únicamente reservorios de biodiversidad; son infraestructuras naturales de regulación climática, sumideros de carbono y sistemas de adaptación frente a perturbaciones crecientes. En términos funcionales, representan una auténtica tecnología ecológica de alta complejidad. Ignorar su valor no es solo un error ambiental: es una ineficiencia económica de primer orden.
Y, sin embargo, en paralelo, resurgen dinámicas que vuelven a tensionar ese frágil equilibrio. La posible reapertura de explotaciones mineras como la de Aznalcóllar reintroduce en el sistema riesgos que creíamos haber aprendido a evitar: movilización de contaminantes, autorización de vertidos de gran magnitud en el Bajo Guadalquivir y presión acumulativa sobre ecosistemas vulnerables.
Al mismo tiempo, en un contexto geopolítico crecientemente incierto, la Comisión Europea impulsa la autonomía estratégica en minerales críticos, reactivando el debate sobre la revisión de marcos regulatorios clave como la Directiva Marco del Agua.
Transición
El mayor error económico de nuestro tiempo ha sido tratar la naturaleza como una externalidad, cuando en realidad es el principal activo estratégico de nuestras economías.
No es una contradicción menor. Es el pulso estructural de nuestra época: la urgencia de descarbonizar y transformar nuestras economías dentro de los límites planetarios que definen la estabilidad del sistema Tierra. Pero el verdadero punto de inflexión no reside en elegir entre extracción o conservación, como si fueran opciones excluyentes, sino en rediseñar —con ambición, inteligencia y rigor— la relación entre ambas.
La transición que necesitamos no es únicamente energética, tecnológica o ecológica. Es, ante todo, civilizatoria: una reconciliación consciente entre nuestras economías y los sistemas naturales que las sostienen. Implica asumir que la competitividad del siglo XXI es inseparable de la innovación y la sostenibilidad, y que generar valor ya no puede hacerse al margen de los límites ecológicos, sino precisamente dentro de ellos.
Recordar lo ocurrido en 1998 no es un ejercicio de memoria, sino de responsabilidad intergeneracional. Por eso, en Sanlúcar de Barrameda, la ciudadanía vuelve a alzar la voz para proteger aquello que sustenta su forma de vida: su mar, su tierra, su economía, su futuro. No desde la oposición al progreso, sino desde una comprensión más profunda y exigente del mismo.
No existe bienestar al margen de los sistemas naturales. Dicho de forma tangible: no hay langostinos de Sanlúcar sin un estuario sano, ni economía local sin una reserva pesquera sostenible y productiva.
Sin ecosistemas sanos no hay economía
Sin ecosistemas sanos, no hay vida. Y sin vida, no hay economía.
Amar el mar es, en realidad, un acto de inteligencia colectiva. En esencia, cuidar el mar es cuidar nuestra salud, nuestra economía y nuestra estabilidad como sociedad. Es proteger la base material de nuestro bienestar.
El futuro no se construye únicamente evitando el colapso. Se construye definiendo —y midiendo— la prosperidad compartida. Humanidad y naturaleza, no como fuerzas opuestas, sino como un único sistema vivo que aprende, se adapta y evoluciona.
La pregunta ya no es si podemos permitirnos hacerlo. La verdadera cuestión es si podemos sostener nuestras economías, nuestras sociedades y nuestras democracias sin hacerlo.

No existe prosperidad sostenida en un planeta degradado. No existe competitividad en sistemas que erosionan su propia base material.
La naturaleza no es un límite al crecimiento. Es la condición que lo hace posible.
Prosperar juntos no es una aspiración ética. Es una condición estructural. Y en ese nuevo paradigma, no se trata de elegir entre naturaleza o desarrollo, sino de comprender —por fin— que son exactamente lo mismo.
María Gálvez del Castillo Luna es oceanógrafa y ambientóloga. Fundadora y CEO de Smart Blue Lab y embajadora del Pacto Climático Europeo.

Esta tribuna puede reproducirse libremente citando a sus autores y a EFEverde.
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Este blog de «influencers verdes» fue creado por Arturo Larena y ha sido finalista en los Premios Orange de Periodismo y Sostenibilidad 2023 en la categoría de «nuevos formatos».





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