Madrid.- La escritora y bióloga Aina S. Erice reconoce que, si por ella fuera, podría estar horas paseando por el Real Jardín Botánico de Madrid. En cambio, cumple los 40 minutos en los que se ha propuesto explicar El Jardín de los dioses, su nuevo libro en el que repasa la historia y la espiritualidad a través de las plantas.
Recorre así el alerce (Larix), el olivo (Olea europaea) o el laurel (Laurus nobilis), pero también las primeras ofrendas prehistóricas, los rituales indígenas o los mayas. Todo, para abordar la relación entre plantas y espiritualidad desde «una perspectiva totalmente inútil y fascinante a la vez», según reconoce a EFE Verde.
«¿Por qué religión y plantas o espiritualidad y plantas? Pues, en esencia, porque soy una amante de las cosas inútiles y creo que hay que reivindicar también ese componente que no es estrictamente utilitarista en cuanto a nuestra relación con las plantas», afirma.
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Además, explica que en las relaciones inmateriales que los humanos establecen con las plantas hay siempre «un puntito de misterio» que no se puede explicar totalmente apelando a una base material y es en ese punto de intriga donde está lo verdaderamente fascinante.
«La espiritualidad y determinadas ideas religiosas, hoy pensamos que están totalmente sumergidas, olvidadas o relegadas a determinados ámbitos de nuestra vida, pero si escarbas un poco, hay muchísimos comportamientos que tienen importancia a nivel social y política que tienen una raíz espiritual en cuanto al comportamiento con las plantas», asegura.
Las plantas, claves para nuestro futuro
La escritora echa la vista atrás y recuerda que puede que su interés por las plantas venga de que, cuando era pequeña, veraneaba en un bosque de encinas en Mallorca, aunque esa atención consciente llegó gracias a un profesor «muy bueno» que tuvo durante la carrera de Biología, lo que le llevó a especializarse en el campo de la etnobotánica.
De vuelta al presente, defiende la importancia de las plantas y de cómo los humanos se relacionan con ellas.
«Yo creo que hoy en día nuestra relación con las plantas está en el centro de la arena en la cual nos jugamos nuestro futuro como especie a largo plazo. Todo lo que pasa con las plantas rara vez es a corto plazo, porque los ritmos son lentos, pero si queremos seguir existiendo como especie sin grandes catástrofes, yo diría que buena parte de lo que tenemos que aprender es a relacionarnos mejor con las plantas», asegura.
En este sentido, apuesta por abordar esta aproximación «desde la espiritualidad entendida en el sentido más amplio» y dejar a un lado esa relación de utilidad.
«[Miramos a las plantas] un poco como muebles o como seres medianamente inertes a los cuales podemos podar y tratar un poco como queramos o como nos resulte cómodo, sin plantearnos demasiado lo que ellas necesitan y lo que ellas pueden aportar a lo que es, en esencia, un trabajo en equipo», continúa Erice, para quien esto dice mucho «de nosotros como sociedad» y del trabajo que hay por delante para mejorarlo.
Conectar con las plantas
Para la bióloga, en la actualidad existe una desconexión con la flora más cercana y eso se muestra en el hecho de que la mayoría de plantas que se cultivan en las ciudades no son aquellas que hubiesen crecido ahí si no existiera ese núcleo, «sino que suelen ser exóticas venidas de otros sitios del mundo que se desenvuelven bien en entornos urbanos».
Y todo, porque en realidad hemos expulsado a las plantas de nuestra vida y de nuestro entorno inmediato material, sino también inmaterial.
«La escasez de plantas y de conocimiento directo de plantas con nombres y apellidos en nuestras obras literarias, en nuestras películas, en nuestros poemas, en nuestras canciones, etc., es algo que yo creo que habría que revertir, porque ahora mismo nos conformamos con descriptores muy genéricos (un árbol, un arbusto, una flor…) cuando antiguamente era un tejo, un plátano, un fresno», continúa.
Esa riqueza, según explica Erice, implica «conocer a la plantas con nombres y apellidos y es ahí donde está la clave: «No solo es una cuestión de sembrémoslas más y usémoslas más, sino también de contémoslas más e invitémoslas más a nuestras narraciones y a nuestras creaciones culturales imaginarias».
Es precisamente esa invitación la que Aina S. Erice les hace en El jardín de los dioses. Porque, si las plantas hablaran, seguro que contarían muchísimo de nuestra espiritualidad. EFE Verde
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